CINCUENTA SOMBRAS DEL CALVARIO

Una historia de chaquetas, pajas y compromiso profesional.

¿Qué es lo que se oye en unos audífonos abandonados en una sala de redacción?

Diario El Mundo

Córdoba, Argentina, julio de 2013

Las 22 computadoras de la sala de redacción del diario más importante de la ciudad reposan apagadas esta mañana, luego del cierre de la noche pasada, excepto una. La máquina designada a los fotógrafos se encuentra justo en medio del ambiente. Siempre yacen regados sobre la mesa papeles con anotaciones de números y garabatos de palabras en ingles. Sobre el cubículo de los fotógrafos hay un celular muerto. La computadora está encendida, pero no hay nadie frente a ella. Unos audífonos emiten un sonido extraño aunque en la pantalla no hay ninguna ventana abierta.

De los seis fotógrafos del equipo, hoy solo quedan tres. Cada uno de estos personajes utiliza el ordenador para descargar sus fotos por no más de media hora al día. Entonces, esta podría ser la computadora menos utilizada de la redacción, pero es la única encendida a esta hora en que el espacio inhabitado se asemeja a una redacción fantasma.

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Es una mañana de finales del mes de julio. Hace pocas semanas fueron las elecciones municipales. Tras ello, cuando la tensión electoral disminuyó y se esfumó, Maceta decidió que en la empresa sobraban algunas cabezas y así es como el Morro, un fotógrafo lánguido, silencioso y bonachón fue despedido. Con él cerraron la puerta al salir unos 10 trabajadores más, pero el despido del flaco trajo consigo varios días en que nadie pudo sonreír con naturalidad. Fue preferible retirarlo antes que vuelva a enfermarse (nunca terminó de reponerse de su operación al estomago) y que la firma Perroni deba cubrir sus días de recuperación pagadas por ley. No existía la posibilidad de que ello vuelva a ocurrir, cuando menos ella no lo iba a permitir. La misma semana en que los rostros de todos eran desencajados, Maceta, la administradora, prefirió no aparecerse en el trabajo. Todos la maldecían sin control por lo que hizo. No es que no lo haya hecho, pero esta vez se pasó de la raya.

Solo tres semanas antes, Morro había contado emocionado que por fin logró reunir el dinero para comprar unos zapatos de atletismo para su hijo y lo hizo, tomando dos de sus tres buses habituales, caminando más y comiendo menos. Mientras caían las migajas de pan en cada mordida que daba a su sándwich, seguía hablando ilusionado por el hecho. Cinco días después, el pequeño participó en una de las competencias más importantes a nivel nacional. Había llegado hasta ahí con unos tiempos que históricamente, un chico de una escuela pública no conseguía tan fácilmente; peor aún, este era un muchacho del turno vespertino: los alumnos que van a clases en las tardes en ese tipo de escuelas, son «los de menos recursos o los que menos quieren», dijo el entrenador a un periodista que fue a cubrir la historia. Cuando Morro introdujo el bocado final a su boca, eran más de las 6 de la tarde. Al tragarlo, confesó que era lo primero que comía desde el amanecer. Una semana después, un cuadro de gastritis severa lo obligó a internarse en el hospital, mientras su esposa sollozaba en la cama de su casa, al no poder ir con él por otra enfermedad que la aquejaba a ella.

Ya ni los zapatos de atletismo puestos en los pies de su hijo, harían sonreír a ese par de enfermos.

El flaco se repuso, mal que bien, a punta de ganas. Con medio estomago funcionando, volvió a cumplir sus comisiones fotográficas. Había algo de resignación en su mirada, pero jamás lo oí quejarse. Morro les enseñaba a los novatos del periódico cómo abordar una nota sin ser reportero; pedía ride para ellos mientras él se trasladaba en una broma de moto-scotter y; hasta pagaba sus tortas de quién sabe dónde.

Una mañana de sábado dejó su motito, color rojo pálido, en el estacionamiento del hotel más lujoso de la ciudad hasta donde llegó para un evento. Al salir, el casco no estaba; lo habían robado. Sonriendo incrédulo, se marchó a su casa y a medio camino un policía de tránsito lo sancionó por no llevar protección. La impotencia de perder un remedo de casco, tener una infracción y llegar al hogar donde su mujer lo esperaba postrada en la cama, le revolvió la enfermedad y empezó a recaer. Nuevamente las ganas pudieron más y no volvió a quejarse como lo hizo, casi en secreto. Entonces, llegó a descargar sus fotos en esta misma computadora que esta mañana es la única encendida en la redacción, terminó su trabajo y fue a comprar algo en la máquina para engañar al estomago. Al volver con el paquete de galletas en la mano, una llamada lo esperaba. Era de la oficina de Recursos Humanos. La última imagen que tengo de Morro, es parado en medio del estacionamiento llorando desconsoladamente junto al Camaro del año del dueño y frente a uno de los editores del diario.

—Le he explicado que mi esposa está mal, Morro —dijo el Morro, llamando al editor como siempre llamaba a todos—. No le ha importado. Yo sigo mal y le he pedido que me deje unas semanas más para buscar otra cosa, Morro. Mi hijo. Tengo un hijo… —escuché repetir al flaco antes de ahogarse en su llanto.

El fotógrafo del scooter nunca llegaba tarde, se partía por estar a tiempo, se desdoblaba y aparecía en todas las comisiones, no renegaba de su trabajo, no escupía al suelo al recibir una orden, no pedía a los reporteros que se cojan a la jefa, tampoco abría la mano para recibir dinero prostituido y siempre tenía una sonrisa inextinguible en el rostro.

Quienes trabajamos con él, lo veíamos disparar lo necesario y enfundar su cámara. Un ejercicio profesional que decía mucho a comparación de quienes se jactaban de llevar décadas en el diario presionado el disparador sin control. Alguna vez me mostró una foto que acaba de tomar al interior de un salón y ésta era de una tonalidad azul que espantaba.

—Las cámaras están hechas para una cantidad de tomas específicas —me explicó—; pero esta ya tiene casi un millón de disparos de más. Tengo que mover el balance de blancos para que no salga mal.

Morro tardó en recibir una cámara nueva casi otro millón de tomas más y, sin embargo, no se quejaba.

No volví a ver al flaco más que otras dos veces. En la primera oportunidad logré contarle todo lo que había pasado en el diario y lo que se comentaba desde su salida. Había cierta solidaridad con él, pero nadie renunció en protesta.

El diario sigue produciendo la misma cantidad de ejemplares y ganando o perdiendo un número estable de lectores. En unos meses llegará otro periódico de la competencia, pero lo que el público no imagina es el costo que ha significado la salida de ese fotógrafo (como del resto de cabezas sobrantes). El ambiente laboral es tan agrio que uno desearía bramar o huir de la redacción. La carga se ha incrementado notablemente en los tres fotógrafos restantes y no es que todos quieran estar a la altura.

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Sobre la mesa del cubículo de los fotógrafos continúa inerte el celular color oscuro, la computadora encendida y los audífonos chirriando como pidiendo auxilio.

La puerta del baño de hombres se abre y aparece un individuo que sobrepasa el metro y medio a duras penas. Mira a todos lados mientras camina rumbo a la cabina de la máquina encendida. Trigueño, de pelo duro y cabeza cuadrada. Luce un conjunto de ropa con la que parece haber dormido. Pasa sus dedos entre sus cabellos como si acabara de terminar una larga faena de trabajo de Cincuenta Sombras. Observa la hora en el reloj de la pantalla y sonríe. «Esta chingadera de celular no sirve, se apaga y no vuelve a prender; voy a pedir que me lo cambien», diría al encenderlo dos horas después al tomar la llamada de Karina, su jefa escandalizada por haber perdido varias comisiones fotográficas.

Pero eso fue luego.

Sentado frente a la computadora, se coloca los audífonos y unas gafas de marco negro con una sola pata, toma uno de los papeles con anotaciones de números y garabatos de palabras en ingles, maximiza la ventana, detiene un video y en el buscador central teclea torpemente: “Very hardly in bathroom porn hub tub”. Raphael Martirio es parte del equipo restante de fotógrafos del periódico hace más de 25 años: un video más antes de salir a trabajar, previo chaqueteo en el baño del diario más prestigioso de la ciudad.

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