EL SASTRE MÁS DISCRETO DEL MUNDO

¿Son secretos inconfesables las medidas desproporcionadas de los clientes de una sastrería?

Texto original publicado en el diario El Mundo.
Córdoba, Veracruz.
(13.10.2013)

En las manos de José Juan Alcaraz Durán una especie de gis se mueve entre sus dedos mientras observa el boceto de un pantalón dibujado en un papel. El movimiento continúa como un juego, ahora que mira retadoramente una tela sobre su mesa de trabajo, de donde luego emergerán dos piernas para la prenda de vestir. La imagen lúdica de las manos y la tiza, podría enlazarse a la perfección con aquellos primeros trazos que realizó, a escondidas, en la sastrería de su padre, hace décadas cuando aún era un niño. Nunca lo dejó experimentar en el oficio del sastre sin antes hacerse de una profesión. Hoy, el ingeniero electricista Alcaraz Durán, conduce el negocio familiar que ha vestido a varias generaciones de cordobeses, cuando menos, por los últimos 70 años desde su creación, pero se resiste a revelar identidad alguna de sus clientes.

Tras varios meses de espera, al fin una solicitud de traje llegó hasta la sastrería Alcaraz nuevamente.

Tras varios meses de espera, al fin una solicitud de traje llegó hasta la sastrería Alcaraz nuevamente.                   Foto: Rafael Calvario

En una de las calles del centro de Córdoba, una fachada blanca está adornada con dos esmóquines de gala y la fotografía de las palmas del fundador de la sastrería. «Estas manos no son máquinas», reza una frase en el lugar; «son las manos del maestro sastre para hacerle un buen traje a la medida». Alguien recordaría haber visto aparecer la misma figura en los desaparecidos cines Isabel y Olimpia como publicidad durante los años 70.

—Fue la época de oro. Sobraba el trabajo y mi padre no se daba abasto, pero siempre tenía todo a tiempo. El cliente venía aquí por la experiencia y calidad con que se trabajaba —rememora mientras parece acariciar la tela—. Cuando era momento de la prueba, mi papá se metía media docena de alfileres en la boca,  sacaba uno por uno para alfilerar y hasta se daba el lujo de conversar. Nunca le pregunté cómo lo hacía, pero era asombroso.

Don José Alcaraz García, el patriarca fallecido en el año 1994, aprendió los secretos de la obra de un maestro en alguna academia de sastres temporal que se estableció a 49 kilómetros de Córdoba, en el pueblo de Huatusco donde vivía. Sin embargo, tal cual dicta la determinación de un joven provinciano emigró alrededor de los años 40. Escuadras, dedal, agujas e hilo —que hoy lucen enmarcadas para la posteridad sobre una tela verde— fueron enfundadas por el proyecto que ya rondaba por su mente: levantar en la ciudad de Los Tratados la Sastrería Alcaraz. La casa donde ahora el hijo único, José Juan, recibe a un cliente al que saluda con una familiaridad natural, data de la misma época y luce intacta.

El sastre desaparece y vuelve con un saco color mostaza en un colgador. Le ayuda a colocárselo mientras el señor se mira frente al espejo; siempre de frente. Hay algo en el rostro de Alcaraz Durán que llama la atención. Su mirada se posiciona en un bulto que se genera en la espalda. Un error notorio, pero no dice nada tan solo lo observa. El cliente se cierra el saco, lo abre, lo cierra nuevamente y se lo quita frente a su reflejo: «creo que ya está bien; mucho mejor», dice y el sastre esboza una media sonrisa.

—Ese es un saco comprado en una tienda por departamento —dice Alcaraz cuando el personaje ya se retiró—. Tiene muchos problemas, pero el cliente pidió, específicamente, que le acortemos las mangas. Uno ya no puede hacer nada más. Ahora llegan más composturas que solicitud de trajes —se lamenta—. La gente ya no recuerda que un traje a la medida no es más caro…es mejor.

*****

Hay en el ejercicio parsimonioso de un sastre, una suerte de ensimismamiento que podría llevarlo a abstraerse a lugares muy lejanos sin perder la concentración en su trabajo. Perseguir el aparecer y desaparecer de la aguja, puntada tras puntada, otorga un placer que traslada al artista de la tela hacia donde más lo requieran. A fin de cuentas, el casi infinito carrete de hilo libera su pensamiento «para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar», sostenía el escritor Gay Talese en un perfil sobre su padre sastre. «En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar», escribió.

—A veces uno está tan concentrado que puede pensar en lo que sea. La esposa, las hijas, los problemas, las cuentas. Pasas mucho tiempo en silencio pensando mientras trabajas, pero ya, tienes que regresar, volver y darle —dice el ingeniero de los trajes.

El sastre está de pie en el primer ambiente de su sastrería/casa junto a su esposa, María Teresa De Ita Cabrera, con quien cumplirá 32 años de casados este mes de diciembre. «Yo no sabía nada de esto hasta que falleció mi suegro y tuve que ayudar a mi esposo; aprender sobre la marcha», dice la señora, parte del equipo. «Esto requiere mucha constancia, así que hay que estar aquí, cerca, cuidando el negocio», explica la esposa mientras me acompaña al interior del taller donde hay otros tres ambientes de trabajo.

Si el diablo no viste a la moda, el sastre tampoco siente esa obligación: zapatos negros, pantalón de tela oscuro y una camisa celeste manga corta de cuyo bolsillo sobresale un pesado Smartphone que lo hace lucir muy desarreglado.

Alcaraz Durán está mal fajado.

En un espacio especial, el sastre ha enmarcado las antiguas herramientas de trabajo de su padre.

En un espacio especial, el sastre ha enmarcado las antiguas herramientas de trabajo de su padre.             Foto: Rafael Calvario

Al llegar a la sastrería, junto al área de recepción, uno se topa con una antigua máquina de coser marca Singer ensamblada en el año 1948 que es operada por Leonardo Hernández, otro sastre de la casa. “Leo” se inició barriendo telas y trapeando pisos en Alcaraz hace casi 20 años. Su padre, quien ronda hoy los 80 años, le heredó el puesto cuando fue momento de retirarse, recuerda. Sobre la mesa de planchado de este sastre, hay dos calendarios con figuras religiosas, pero uno de ellos se detuvo en el año 2009 encerrándose con un círculo los feriados del mes de diciembre. Por el gesto de Hernández, no sería más que un capricho o devoción a la virgen de Guadalupe retratada en él.

De pronto, luego de unos instantes a solas con este trabajador, los esposos Alcaraz reaparecen y el sastre luce impecablemente bien fajado. Ahora se entiende el sentido de “cuidar el negocio” del que hablaba la ‘dueña’.

*****

La sastrería no ha variado mucho con el pasar del tiempo tal como lo confirma una fotografía donde aparece José Juan Alcaraz Durán y su padre, ambos con unos lentes de marco amplio de la época. La misma mesa, un ropero de espejos y la pintura de cinco elegantes caballeros. Diplomas de reconocimientos al fundador, imágenes religiosas por doquier y la última revista española Dandy de la escuela de alta costura Rocosa a la que estuvieron suscritos hasta el siglo pasado. Un aparador de metal y unos anaqueles donde yacen apretujados gruesos cuadernos de colores ordenados en orden alfabético que de buenas a primeras el sastre se resiste a mostrar.

—En esos cuadernos anotamos las medidas de nuestros clientes. Todos están ahí de acuerdo a su apellido —dice y desvía la conversación rápidamente.

El ingeniero electricista se retira para buscar un trabajo terminado para un nuevo cliente que ha llegado. Su esposa, algo preocupada por la continuidad del negocio, habla de su hija arquitecta y de la diseñadora editorial que viven fuera la ciudad de 31 y 26 años. «Ninguna se interesó por esto y cada vez vienen menos, pero así debe ser. Es mejor que hagan lo que ellas han soñado», dice la señora y ayuda a su esposo con las prendas a entregar.

Sobre la mesa, Alcaraz Durán ha descuidado brevemente el boceto de la prenda que deberá producir. El sastre olvidó ocultar un detalle sobre la esquina superior del papel: el pantalón en poliéster de lana será talla 38 para el Licenciado Rodolfo Delfín. El ingeniero de los trajes voltea súbitamente e insisto con los cuadernos empolvados del anaquel en un intento por distraerlo.

Finalmente accede a mostrar uno de ellos.

Una de las agendas de su clientela que podría esconder secretos profesionales.

Una de las agendas de su clientela que podría esconder secretos profesionales.

Si aún existe quien se queje de los garabatos forzados en las recetas médicas, el laberinto de números, marcas y señas de un sastre procedería de otro planeta: las medidas de un chaleco del año 1979:

«L 24 3/4; S 21 1/2; S 21 1/4; B 3/8», escritos alrededor del dibujo de la prenda y de pronto, el sastre cierra el cuaderno cuando la vista se posiciona sobre el nombre del propietario. Esta vez no lo permitirá.

¿Por qué un zapatero nacido en Trujillo, Perú, puede contar que fue el artífice de los zapatos rojos del papa Benedicto XVI? ¿Cómo un colombiano jamás ocultó que el mismo Joseph Ratzinger charlaba vía Skype con él para felicitarle por la última prenda que le confeccionó? ¿Acaso el italiano creador de los cientos de trajes blancos de Tom Wolfe cometió un error al confesar que el escritor se cambiaba tres veces al día? ¿Calzar tenis deportivos con un traje recién ensamblado, sería una falta de elegancia del presidente de Bolivia? ¿Por qué tanto hermetismo para revelar la identidad de los clientes más excéntricos o conocidos que han pasado en las décadas de existencia en la sastrería Alcaraz?

—La gente que seguirá viniendo a una sastrería es aquella a la que la ropa de cantidades industriales no les satisface. Cada quien que tenga un problema vendrá a esta sastrería —confiesa el sastre y coloca su mano sobre el cuaderno—;  pero esto no se puede mostrar; es discreción a fin de cuentas.

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