CONSERVADOR DE TRADICIONES

Incursión a un taller de máquinas de escribir
¿Resurgirán las máquinas de escribir cuando ya no queden más técnicos en la ciudad?

 

Texto original publicado en el diario El Mundo.

Córdoba, Veracruz

Roberto Vázquez Domínguez cierra las puertas de su local a las 18:00 horas sin saber si mañana abrirá nuevamente. En la calle que conduce al Ayuntamiento de Córdoba, en la avenida 5, este señor de 71 años de edad, lidia cada día entre un par de Gemelas que ofrecen tacos a un paso de su puerta, los dolores de la artritis, meses de renta atrasados y la ocasional visita de algún cliente cada vez más escaso. Es uno de los últimos guardianes del sonido inconfundible de un equipo mecánico de antaño [tec, tec, tec, tec, ¡tring!].

Don Beto es técnico de máquinas de escribir.

Para este señor nacido en Tierra Blanca, Veracruz, la generación de mecanógrafos que aún utilizan una máquina de escribir, no por necesidad, son parte de una casta que guarda en sus tecleos un solo objetivo real: conservar la tradición. “Las máquinas de escribir nacieron como la solución a la caligrafía inentendible de la gente, pero quienes todavía las usan, pudiendo escribir en computadora, lo hacen para conservar la tradición pura”, dice, mientras sus ojos se ven amplios tras unos lentes de marco animal print.

Las paredes del local son verdes y unas vigas de madera sostienen el techo inexistente. Hace 20 años, un incendio consumió lo que fue su segundo piso. El penoso verde contrasta con las sombras que dejaron dibujadas las llamas en lo alto del espacio. Su negocio de mantenimiento a máquinas de escribir lleva por nombre “Servicio técnico Olivetti”. Don Beto confiesa que la originalidad no caracterizaba a este rubro décadas atrás. “Muchos llevaban el mismo nombre o cuando menos parecido”, comenta, pues en ese apellido convertido en marca, se escondía un respaldo mundial. El italiano Camilo Olivetti, fundó la primera fábrica de máquinas de escribir en 1908 y desde entonces es reconocida como una de las mejores y más duraderas debido a su calidad.

El técnico abre un cajón de su escritorio y entre papeles viejos, desempolva una placa de metal que data del año 1970, donde aparece su hermano, Jacob, como propietario del primer servicio técnico que levantó. Don Beto era un adolescente cuando aprendió, como ayudante, los secretos del oficio. “Todos éramos mecánicos de máquinas de escribir, pero mi hermano me mandó a estudiar a D.F. para convertirme en un verdadero técnico”, recuerda. Pinzas, alicates, desarmadores por todos lados se ven desde fuera. Al interior, un olor a óxido y engrasante hacen pesado el ambiente. Ingresar al taller de don Beto es como viajar a un día cualquiera de la década de los años 70. Sillas antiguas, un teléfono de marcado por disco, libros de tapa gruesa y páginas amarillentas, una lámpara de brazo que al moverla rechina y un espejo sucio que no refleja nada.

Un cliente acaba de dejar una máquina de escribir Olivetti MS 25 Plus para un presupuesto de mantenimiento. El técnico abre el estuche y casi sin permitir que la luz entre, lo vuelve a cerrar con un gesto de disgusto. Parece saber cuál es la falla sin a penas mirarla. La hermana mayor de esta máquina, una Olivetti M1, creada en 1911, está valuada actualmente en 8000 euros (135,460.81 MXN) y se elaboró en Italia. Es la respuesta al desprecio del técnico; su lugar de procedencia. “Esta es una máquina hecha en China que tiene menos de 10 años y ya está descompuesta. Puedo ajustar la canasta de la barra portatipos, pero en poco tiempo será inservible”, dice resignando, pone un papel y teclea, “esta maquina de escribir marca china es pura madre”. [¡tring!].

"El maquinista" Roberto Vásquez Dominguez, mantiene una sonrisa amable por si aparece un cliente esta nueva mañana.

“El maquinista” Roberto Vázquez Dominguez, mantiene una sonrisa amable por si aparece un cliente esta nueva mañana.

El técnico es de tez blanca, rostro redondo y unos cuantos cabellos blancos. En las paredes de su local cuelgan varias imágenes religiosas y una fotografía de Juan Pablo II, que parece más bien don Beto en su juventud, con una sonrisa sincera dibujada por una sola línea de dientes que los caracteriza. “Siempre pido que Dios me bendiga y me dé trabajo, pero por ahora solo siento dolor por la artritis y pena por la lotería en que se ha convertido el que llegue una máquina aquí en estos días”, se queja.

En sus ratos libres, este señor toca el arpa con esos dedos gruesos de yemas cuarteadas que tiene. En alguna parte de su taller guarda algún periódico donde apareció junto a su hermano en una presentación fuera de la ciudad. Todo en él parece arte por capricho de subsistencia inconsciente: tocar un arpa que a duras penas puede cargar por la fractura de una rodilla mal sellada o la reparación de maquinas de escribir que ya no le pueden dar de comer. “Tenemos todos las partes para las más extrañas y sino, las podemos conseguir. Lo malo es que si es muy caro, los clientes pueden dejarlas abandonadas aquí”, comenta y señala una ruma de máquinas olvidadas de las que rescata piezas.

Aunque en Córdoba no hay registro actual, se va gestando alrededor del mundo, una moda retro que buscar redimir estos objetos. Grupos de personas que restauran viejas máquinas de escribir para disfrutar de ellas: tacto y sonido que no será interrumpido por un mail o por una ventana de chat: el ejercicio mágico de ver aparecer las letras ya impresas o la concentración solitaria que encuentran en la máquina de escribir. “Hay algo que le gusta a las personas que escriben en estas máquinas por eso no las dejan; nosotros ayudamos en su conservación”, dice el técnico arpista y su rostro se acongoja, “ellas se quedan, los técnicos ya vamos de salida”.

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