LA ANGUSTIA PERPETUA

Un boceto de la perdición de un agrónomo
¿Cómo sobrevive un amante de las orquídeas prisionero en una ferretería?


Texto original publicado en el diario El Mundo.
Córdoba, Veracruz.
(26.04.2013)


El cordobés Ernesto Rivera acaba de prender la computadora de la tienda en la que labora y mira fijamente una carpeta en el escritorio que está tentado a abrir. Como todo amor platónico inalcanzable, reprime el ejercicio y de inmediato trabaja en los documentos que debe revisar esta mañana. El archivo que contiene miles de fotografías de sus orquídeas más amadas tendrá que esperar nuevamente. La leyenda dice que, quien descubra la belleza en una orquídea jamás podrá desentenderse de ellas: si las sirenas dominan al ser humano con su canto, estas plantas nos harían perder la razón si les prestamos demasiada atención. A Rivera le llegó el amor a primera vista a los 15 años, luego de toparse con una Dendrobium Fimbriatum.

—Luego de los seres humanos, las orquídeas son las plantas más evolucionadas del planeta —sostiene el Ingeniero Agrónomo, Ernesto Rivera, sin sonar exagerado—. Ellas pueden crecer encima de los árboles. No gastan energía en luchar por el sol o por la sombra.

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Las orquídeas forman parte de la familia de plantas monocotiledóneas. Su majestuosidad natural, puede correr peligro con el avance del cambio climático; sin embargo, su mayor amenaza es la depredación sistemática en bosques y selvas de los ejemplares silvestres. El Diccionario del español de México concibe que, «sus flores comprenden multitud de colores y formas extrañas en cien géneros y más de quinientas especies». Ernesto Rivera es bastante cauteloso con los números, las cifras podrían ser aún mayores. Su colección personal se cuenta por cientos.

Es una mañana cualquiera de los últimos días de abril del año 2013. El ingeniero decide hacer una pausa en su trabajo y me invita a pasar junto a él tras un mostrador. Lleva unos lentes pequeños de marco oscuro, camisa color mostaza con el logotipo de una marca de cerraduras y pantalón jean. Ahora su esposa, la Bióloga, Irene Mora, toma la posta de la ferretería Tempanchucane que administran juntos en alguna calle del centro de Córdoba.

En una esquina de su negocio ambos han improvisado una suerte de exposición de orquídeas al paso. Cuando alguien llega a preguntar por alguna de estas, Ernesto Rivera no duda en aconsejar con la amabilidad que lo caracteriza.

—Si es para el amor, una orquídea nunca te va a fallar —comenta, mientras Irene sonríe al oírlo y recordar la orquídea silvestre con que Rivera la enamoró.

Un amante de las orquídeas como es este, parece un romántico resuelto. Más allá del amor por su familia, Rivera desde joven insistió en cuidar sobremanera a sus orquídeas. Su primera colección, cuando cursaba la preparatoria, la dejó al cuidado de sus padres cuando marchó a Monterrey para estudiar la universidad. Con el pasar de los años una frustración lo atormentaba: el no conseguir un ejemplar de esa primera orquídea que lo impactó. Soportó por más de 20 años el calvario hasta poder tenerla entre sus manos, pero ya era tarde: Rivera se había convertido en un ‘orquiloco’ empedernido.

Ernesto Rivera en el invernadero de orquídeas de su hogar.

Ernesto Rivera en el invernadero de orquídeas de su hogar.

El cultivo de las orquídeas en México se remonta a más de 500 años atrás. La Asociación Mexicana de Orquideología, sostiene que, «la nobleza azteca, los Pititín, utilizaban ciertos tipos de orquídeas para elaborar sus tortillas» en una receta perdida al día de hoy.  Un lujo que debió ser muy bien llevado frente a la actual depredación sistemática de las mafias de tráfico de orquídeas silvestres. En Internet, cientos de denuncias saltan a la vista en una búsqueda sencilla. El valor de un ejemplar de estas plantas puede sobrepasar tranquilamente los 1500 pesos (unos 100 dólares americanos), pero si no recibe el cuidado adecuado sería imposible su florecimiento. Así, la posibilidad de un negocio rentable es mínima.

—Siempre hay un camino fácil que yo no lo recomiendo: ir al monte y bajar tus plantas —dice Ernesto Rivera—; pero las orquídeas son muy sensibles. Si las sacas de su hábitat, les cuesta mucho trabajo adaptarse a un clima nuevo y mueren rápidamente.

Al respecto, el presidente de la Asociación Mexicana de Orquideología, Antonio Espinoza, sostiene que, «siendo las orquídeas tan frágiles, se calcula que el 95% de plantas extraídas del campo mueren en un plazo de menos de 6 meses», comenta desde Ciudad de México. «La depredación genera declive en su población a mediano plazo y aunque hay decomisos, después de un tiempo las mismas especies regresan al mercado ilegal», alerta.

Ernesto Rivera parece ser un hombre calmado, pero se agita instantáneamente cuando algo lo inquieta. Su rostro, recién afeitado esta mañana, luce fácilmente moldeable con las muecas naturales que hace. El ingeniero abre los brazos para explicar el tamaño que pueden llegar a alcanzar algunas orquídeas. También cierra manos y ojos cuando imagina frente a él un ejemplar de miniatura. No es más que el vínculo del ser humano con el arte inentendible que la naturaleza nos otorgó y entonces se indigna:

—El tráfico de este tipo de plantas extingue especies y ya hemos perdido demasiadas —afirma enérgico Rivera—. Cuando los traficantes encuentran una orquídea que le llama la atención, recoge todas las que pueda tomar y depreda sin control.

Si las autoridades tomaran más seriamente este llamado de atención, el turismo ecológico podría ser otro pilar de nuestra evolución económica. Estableciendo rutas turísticas para apreciar nuestra naturaleza tendríamos mejores resultados.  A pesar de esto, hay esfuerzos plausibles hoy en día. Ernesto Rivera y sus compañeros de “Amigos de las Orquídeas”, han ideado un proyecto de resultados impactantes. De un tiempo a esta parte, se vienen sembrando, en la copa de los árboles del Parque Ecológico Paso Coyol, unas doscientas epífitas (plantas que se desarrollan sobre otro vegetal usándolo únicamente como soporte) para que el año 2021 su floración sea espectacular. Esto, a razón de los 200 años de la firma de Los Tratados de Córdoba y de la Batalla del 21 de Mayo.

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A sus 52 años, el ingeniero de las orquídeas se siente muy orgulloso de lo que ha logrado. Cuando un híbrido de orquídea llega a sus manos, el investigador que lleva dentro se apodera de él y no descansa hasta descubrir los padres de la planta o las razones de sus formas extrañas. Es un obseso curioso que ha convertido como adrenalina su angustia. Él sabe que no puede vivir por completo de su pasión por las orquídeas, prefiere considerarlas un hobby. Es tajante en ello: si se entregara por completo, corre el riesgo de descuidar el negocio familiar y no habría podido formar un hijo matemático y otro actor. A cuenta de esto, considera que el cuidado de las orquídeas es un arte. Como las obras de arte, el ingeniero lleva en mente el testamento con que resguardará sus orquídeas.

—Ciertas plantas irán a personas que aprecio, otras a los árboles de cualquier lugar para embellecer la ciudad —dice seguro Rivera—. No hay más tela de dónde cortar, todo será donado.

—Los orquilocos no van al cielo —le sugiero.

—¿No? Yo creo que sí —responde sin mayor drama—; pero cuando me muera, quisiera tener una galería personal donde se exhiban las orquídeas que cuidé.

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