MADRE CORAJE

El homenaje a esas Mayúsculas Madres. 

Texto original publicado en el diario El Mundo.
Córdoba, Veracruz.



La señora sentada junto a mí no llora frente a sus hijos cuando alguno de ellos flaquea en su intento por dar un nuevo paso en la vida. Amelia Margarita, ha aprendido a ser fuerte brindándoles entereza materna. Hoy le pregunto qué es lo que más desearía para ellos y casi por instinto responde: “Quisiera agarrarlos a los tres y meterlos de nuevo en mi vientre para que no salgan; protegerlos para siempre con todas mis fuerzas; con mi vida”, dice, se quiebra y llora, pero seca rápidamente las lágrimas porque esta madre no llora frente a su hijo.

Si buscáramos ilustrar en pocas palabras la entrega que hicieron, sería con esa frase del peruano José Carlos Mariátegui: Madre, “la vida que te falta es la vida que me diste”. En ella se contienen los suspiros y la falta de aliento que, con el paso de los años, algunas de ellas padecen.

MOSTRARLE EL MUNDO

Austreberta Martínez vive en Bajo Grande, una localidad de poco más de 700 habitantes donde la rutina diaria parece invariable. De la carretera a su casa hay una distancia de 30 minutos a pie. Su calle, una de las primeras entradas del pueblo, es de tierra firme si es que no llovió. Para llegar hasta su hogar, uno debe pasar por varias tiendas pequeñas donde, escondidos bajo sombreros, algunos pobladores empinan el codo y levantan la botella para saludar al mismo tiempo que se atraviesa un rebaño de ovejas flacas. Es la ruta que recorre a diario esta madre mientras a su lado, Lucía, su hija de 9 años, golpea las piedras que pisa con un bastón para ciegos.

Lucía nació con ausencia de globos oculares.

El defecto congénito no fue revelado hasta que la cargó en sus manos por primera vez. Hoy, sentados en la mesa comedor de su casa, la señora recuerda ese momento no como si hubiese ocurrido ayer, sino hace instantes: “Se me caían la lágrimas por mi hijita. Sentía pena, pero también emoción porque era mía, mi primera bebé”, recuerda la madre.

Las preguntas que las enfermeras murmuraban cerca de ella, le retumbaron incansablemente, pero no la doblegaron. ¿Qué va a hacer con ella?, ¿cómo la va a mantener?, ¿qué le puede dar a una niña ciega? La señora Martínez hizo chirriar los dientes mientras salía abrazada de su hija. Al llegar a casa las lágrimas no cesaban y se hizo una promesa. “Voy a demostrar qué es lo que va a ser mi hija. Las dos vamos a demostrarle a todos que podemos luchar”, me cuenta la madre moviendo la cabeza en señal de que el empeño no ha cesado.

Austreberta Martínez era consciente que Lucía formaba parte de esos 4 millones de mexicanos con discapacidad visual y que jamás podría ver. Es difícil nadar contra la marea. Es complicado no decaer cuando las personas dan la espalda. El padre se ausentó, de repente por pánico, pero volvió para poner el hombro; para ayudar con sus jornales de cañero. En una de las paredes de su casa, esta madre ha colgado un cuadro grande con una imagen de su hija Lucía en donde aparece retratada en seis distintos tamaños sobre un fondo de arena y mar. En otro espacio, la imagen de la Virgen María rodeada de rosas de colores prueba de la tantas veces que le ha rezado. “Son madres valientes y fuertes. Ellas reciben el hijo soñado no deseado.  Por eso tienen tanta fe”, comenta Miguel Ángel Castro, uno de los maestros que brinda terapia a Lucía en la Fundación Roma en Córdoba.

Esta madre de 32 años despierta cada mañana a las 4 en punto para preparar el desayuno. El esposo sale a la faena diaria a las 6 mientras la señora despierta a Lucía y Lupita, su segunda hija de 4 años que a pesar de ver bien, las acompaña a la terapia. Antes de las 8 empiezan la caminata para buscar un auto que las lleve a la carretera y de ahí en camión rumbo a Córdoba. Más de una hora de viaje y cerca de 140 pesos de ida y vuelta para sus clases en la escuela de invidentes que la Fundación Roma ha levantado a punta de donaciones. Al llegar, la madre da media vuelta y se marcha, pero a trabajar. Camina varias casas a la redonda: “tengo ricas cocadas o pasta de mole”. Debe recuperar con su canasta lo invertido en los pasajes. “Mi hija tiene que saber que yo trabajo por ella. Cuando uno se empeña en aprender algo puede lograrlo”, dice la señora Martínez y en sus manos estruja un cartón contra el que parece descargar su impotencia. “En eso me empeñé.  No es fácil vivir la vida. Yo no estudié y ella tiene que sobrevivir sola en este mundo”, reflexiona la madre de la niña ciega.

Austreberta Martínez confía en el esfuerzo que hace por integrar a su hija a una vida normal.

Austreberta Martínez confía en el esfuerzo que hace por integrar a su hija a una vida normal.

Lucía lleva una playera verde, un jean oscuro y  sandalias que combinan muy bien. Está sentada sobre una cama en una habitación contigua sin moverse. Parece muy atenta. La veo desde el comedor de paredes rosadas por el marco de una puerta inexistente. La mesa está cubierta por un mantel con estampados de flores. Un ejercicio de decoración algo paradójico. Austreberta Martínez destapa una gaseosa y Lucía da un salto de la cama al escuchar el sonido del gas escapando. Su agudeza auditiva puesta a prueba. Se acerca, pide un vaso para ella y se sienta con nosotros. Minutos antes, su madre me había dicho que esperaba que su niña llegue a ser maestra para ciegos, pero olvidó que su hija sueña constantemente y a oscuras. “Pues de grande podría ser —hace una pausa Lucía, levanta la cabeza como si mirara por la ventana el cielo y ríe emocionada—; quiero ser estilista o médico”. El cartón que guarda entre sus dedos la madre parece deshacerse al escucharla.

Cuando Austreberta Martínez se pone nerviosa al recordar alguna escena del pasado, su mejilla derecha tiembla levemente y sus labios dibujan esa figura previa al llanto, pero ella lo siente venir y mejor sonríe. Siempre le recuerda a su hija que “ella no tiene la vida comprada”, que no estará con ella toda el tiempo. Ahora en el patio, Lucía y Lupita llevan rato jugando cerca de los animales del corral, pero la niña invidente se encuentra lejos de su campo de reconocimiento habitual. Le dice a su hermana, “llévame al baño por favor” y entonces Lucía pone su mano sobre el hombro de su lazarillo para entrar. Este es el mejor seguro que la madre va forjando. El vínculo entrañable entre hermanas, entre compañeras leales para siempre y toda la vida.

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