DESPACIO, UN PASO A LA VEZ

La fuerza de una madre que camina lentamente enseñándole la vida a su hija.


Texto original publicado en el diario El Mundo.
Córdoba, Veracruz.

En una de las calles más transitadas de la ciudad, está sentada en el piso, bajo la vitrina de un supermercado con ofertas por el día de la madre y junto a un basurero, María Isabel Téllez. Vista desde el frente, no llama la atención su mano estirada pidiendo o agradeciendo la caridad entre muelas, sino la ausencia de una de sus extremidades.

A esta mujer le amputaron la pierna a los 12 años.

Llevo sentado junto a ella diez minutos en los que sobre su palma de la mano no cae nada. Una señora se detiene a nuestra altura, pero no se inmuta ante esos cinco dedos que casi la rozan. Prefiere entrar a la tienda por algún producto en promoción. De pronto, María Isabel Téllez, levanta la mirada. Sonríe como una adolescente embobada, abre sus brazos y se recuesta sobre ella una niña con uniforme escolar que la besa descontroladamente. Ana, la niña, su hija de 11 años, acaba de salir de la escuela. No hay vergüenza alguna que la detenga y aprieta a su madre, arrodillada en el espacio donde debería estar la pierna izquierda que le falta.

María Isabel Téllez guarda en su bolsillo los 50 centavos que le acaba de dar una señora perfumada de pelo rubio mientras su hija fue por un caramelo. Solo en el estado de Veracruz, se estima que existen alrededor de 7 mil personas con algún tipo de discapacidad, donde la motriz severa es lo más frecuente. A sus 43 años, está comprometida con un hombre, discapacitado también, que trabaja como ella a dos cuadras de distancia. A pesar que no es el padre de la pequeña Ana, me cuenta la señora, la ama como si fuera suya. Lo que ambos juntan durante el día es para sacarla adelante. “Yo le he dicho a mi niña que tiene que luchar mucho. Debe ir despacio; un paso a la vez para llegar hasta donde ella quiera”, me cuenta la madre.

María Isabel Téllez reniega del destino que le tocó vivir, pero levanta la frente cuando piensa en su hija.

María Isabel Téllez reniega del destino que le tocó vivir, pero levanta la frente cuando piensa en su hija.

Esta señora es madre de 3 hijos. Los dos primeros viven con familiares suyos que se hicieron cargo de ellos desde chicos. Es de piel tostada por el sol, cachetes brillosos y brazos fuertes para soportar su peso entre dos muletas. De los 5,7 millones de personas con cualquier tipo de discapacidad en todo México, el 98.3% reportó en la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (ENADIS), que no se respetan sus derechos y el 27.4% sostuvo que el desempleo es lo que más afecta su vida diaria. Hace instantes, antes que Anita viniera, su mamá renegaba del destino que le tocó vivir. Nunca fue a la escuela; no sabe leer ni escribir. “Me arrepiento porque nadie nunca me ha querido dar trabajo por eso. Siempre me dicen que no hay para mí —se lamenta la mujer, pierde su mirada en el piso, pero reacciona de inmediato—; yo tengo que lograr que mi hija termine la escuela como sea”. 

Ana viene corriendo, toma su mochila que dejó junto a su madre y le ofrece un dulce. Esta lo toma y disimula esas lágrimas que casi escapan de sus ojos. La niña se sienta con nosotros. María Isabel Téllez ya no parece estar pidiendo limosna ahora. Mira enamorada a su hija que habla de su gusto por la lectura, los cuentos y la literatura. “Siempre salgo feliz de la escuela porque la maestra nos lee alguna historia bonita y me vengo imaginándola todo el camino”, dice la hija de la señora discapacitada.

Esta niña no solo terminará la escuela para el orgullo de su madre. No deja de contarme todo lo que aprende a diario. Hoy, la hija de María Isabel Téllez, ya sabe lo que desea lograr cuando crezca. “Yo voy a ser médico para ayudar a quienes necesitan que los curen —dice Ana y me convence—; pero también para que mi mamita nunca más tenga que pedir dinero en la calle”.

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