EL JUEGO DE LA TRISTEZA

Un esbozo de los laberintos del pintor peruano Gerardo Chávez.
¿Cuánto tardaría un artista en convertirse en el jinete de su propio carrusel?
*Crónica ganadora del 2do lugar de XVII Juegos Florales de la UPC en el año 2012.





Gerardo Chávez sueña, recuerda y a veces pinta. Aunque este puede parecer un ejercicio rutinario en un artista es, por la creación descarnada que lo caracteriza, una obsesión poética de quien se remonta a su infancia para sobrevivir. Son los últimos días de agosto y acaba de bajar del avión. Francia lo ha absorbido por casi tres meses en un intento de fantasear una nueva producción en el lugar donde inició su carrera.

El artista lleva un saco color mostaza, pantalón oscuro y pinceles enfundados. Al interior de su departamento en Lima, en medio de la sala, luce inmóvil un colorido y enorme caballo, de tamaño natural. Imponente, brioso, ocupa gran parte del espacio. El Équido, traído desde la India, esconde lo que puede ser la primera felicidad humana que nace en la alegría de los primeros juegos solitarios con un juguete.

A Chávez jamás le obsequiaron un juguete.

El primer caballo que captura en su memoria es el del carrusel de un circo que vio cuando niño y en el que no pudo pasear. El hogar en el que nació no le permitió esos lujos. Primero se debía alimentar a los once hermanos que fueron. De la onceava parte de calor maternal no recibió nada porque su madre murió cuando acababa de cumplir cinco años. Chávez aprendió a darse cobijo solo, cuando jugaba entre cañaverales, muchas veces, de pies descalzos.

El nombre del pintor aparece en la enciclopedia y diccionario Larousse desde el año 1976. Su vestimenta hoy, bastante común, rompe el encasillamiento de quienes viven en esta zona residencial del distrito limeño de San Isidro o son propietarios de un penthouse como este, valorizado en más de medio millón de dólares.

Decenas de pequeños óleos yacen regados en una esquina. Son estudios que el artista realizó en su taller de Europa. En ellos, las figuras parecen no terminar de formarse. Se deshacen en el esfuerzo por llegar a ‘ser’. Las luces tenues marcan las sombras de estatuillas africanas y de los cuadros abstractos de las paredes.

En el año 1996, la revista peruana Caretas lo catalogó como uno de los cuatro pintores más cotizados del Perú. El artista nos invita a pasar y tomar asiento, pero se retira por un momento. Junto al mueble, una de las cincuenta réplicas de su escultura de bronce más famosa: El Guardián. En Internet una de éstas asciende a los mil quinientos dólares y mide tan solo veinte centímetros. Una réplica, en tamaño gigante, se encuentra al norte en la ciudad de Trujillo y costaría no menos de 100 mil dólares.

Chávez le dio forma de coche a pedazos de madera ayudado por su imaginación. Trabajó en casas de vecinos por propina para poder acudir a las funciones circenses. De esto, ha hecho catarsis bajo las figuras lúdicas que aparecen en muchos de sus cuadros como marca registrada: personajes con cuernos y piernas largas; caballos que galopan con carretas difuminadas; colores para el recuerdo de una vida gris; aberraciones que no nos agobian.

«Lo turbador de los monstruos de Chávez, a diferencia de los del Bosco o Bruegel que pintan el infierno y los demonios —sostiene el Nobel, Mario Vargas Llosa—, ellos no nos espantan sino, despiertan nuestra solidaridad y nos enternecen».

Si las fobias se superan enfrentándolas de manera gradual, el mismo proceso habría de cumplirse en los recuerdos frustrantes que nos atormentan. En San Francisco, Estados Unidos, el pintor logró montarse en un tiovivo y al hacerlo desaparecieron dos cosas: la ansiedad por los años de espera y la inspiración de volver a pintar un carrusel.

Chávez subió por primera vez al caballito de un carrusel cuando ya era un adulto.

II

Sobre las cejas del pintor se dibuja el boceto de dos líneas horizontales que le dan un aire nostálgico al rostro. Acaba de cumplir 74 años. Se ve tan vital y joven que parece ni enterado del paso del tiempo. En una época, usó raya al costado y lucía una mirada muy cargada de un aire intelectual. Hoy, su pelo delgado y totalmente blanco lleva una raya al medio que manipula como adolescente coqueto.

El artista nació a 560 kilómetros de la capital en la ciudad de Trujillo. En una de las zonas trujillanas más peligrosas, ha fundado el Museo de Arte Moderno de Trujillo. Una hectárea y media de cultura donde resalta una inmensa obra. Dos metros por dos metros y cincuenta: “La Procesión de la Papa”, elaborada en tela de yute con barro, tierras y carbón vegetal.

Chávez vuelve y se sienta frente a nosotros. Acomoda una chalina en su cuello. Sobre una pequeña mesa de centro, hay un jarrón con anturios de color rojo intenso y algunos huacos peruanos. «En el fondo —dice el artista al descubrirnos mirando los ceramios—, soy coleccionista también». El resguardo de un sueño: mantener el arte intacto, puro e inviolable.

En el caso de este pintor, su creatividad ha vengado la vida. Sacrificio y sufrimiento lo obligaron a explorar en su interior para volcar al mundo sus nuevas siluetas. “Mama” es uno de sus oleos más oscuros y dramáticos en el que se percibe el sello habitual de monstruosidad. Al centro del cuadro irrumpe un cuerpo amplio de un color sereno que lleva al frente un convulso montón de senos que humanizan el concepto: la búsqueda del calor materno. Ciertos matices y representaciones se podrían asemejar al Bosco.

—Hay un mundo fantasmagórico, naturalmente. Esa es la relación —deslinda Chávez—. Encuentro en mis obras más de Mochica que de Bosco. Es un descubrimiento  inconsciente de la hechicería o las partes extrañas del hombre.

Los universos surrealistas que logró son un mecanismo de batalla: una suerte de psicoanálisis que culmina con su exposición en un lugar físico y real.

En el Museo de Arte Moderno de Trujillo se exhibe la Muestra Antológica de Gerardo Chávez. Hasta el año pasado, el museo recibía tres personas al día. Quinientas personas en medio año. Apenado y avergonzado por el nulo interés de la sociedad, el pintor inició el trámite para la clausura del local.

—El museo no es un negocio —repone el pintor—. Solo un afán de entregar cultura.

Gerardo Chávez fue nominado al Premio Príncipe de Asturias en los años 2006 y 2007. El premio más importante de España, se otorga a quien con su obra, «constituya una aportación relevante al patrimonio cultural de la Humanidad».

En el patio de la Escuela de Bellas Artes de Trujillo el artista Rómulo Azabache reflexiona. «Chávez ha invertido mucho en una ciudad que le ha dado la espalda por celos —dice—. Los incultos satanizaron su obra». Cuando esa envidia empezó a corroer honras, Chávez decidió cerrar. Por suerte una universidad privada lo hizo cambiar de opinión y tomó la administración del museo. Ahora, el libro de visitas registra dos mil personas desde la inauguración de la muestra hace seis meses.

El artista ha volcado mucho tiempo, dinero y esfuerzo para que se empiece a valorar la cultura.

—La pobreza cultural es una pobreza imaginativa que vive relegada porque no le dan su lugar para que se desarrolle —sostiene Chávez mientras prende otra lámpara en su sala—. Soy trujillano de corazón. Me interesa sensibilizar a la gente.

RECONOCIDO. Gerardo Chávez es considerado una institución en la pintura peruana contemporánea.

RECONOCIDO. Gerardo Chávez es considerado una institución en la pintura peruana contemporánea.


III

El piso 13 de este edificio cerca al mar no solo es su hogar sino también oficina y taller hace más de 20 años. La ruta que hizo para llegar hasta acá no fue fácil de recorrer. Gran parte de su infancia la pasó en un pueblo llamado Paiján, ubicado a no más de una hora de Trujillo. El pintor hincha el pecho al recordar que, «alguna vez vendí helados sobre un burro por unas monedas para el circo».

Lo que más caracteriza a este hombre sentado frente a nosotros es su sonrisa y amabilidad. Podría haber contado su historia infinidad de veces, pero siempre juega con su mente en la oscilante tarea de hallar nuevas escenas. Hacemos saber que no nos marcharemos sin visitar su taller. Sonríe pícaramente como un niño que esperaba olviden exigirle sus deberes. Nos invita a pasar.

Gerardo Chávez ingresó a la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de Lima a los 18 años en 1955. El primer taller que pisó fue el de su hermano, Ángel Chávez, 9 años mayor, quien emigró primero. Lo encaminó y guió con toda la experiencia que dicta un hermano.

 —La pintura hay que olerla, hay que tocarla, me enseñaba mi hermano —dice y recuerda su formación, a la antigua, en otra escuela—. Haber, píntate una cosita chiquita, un torito de pucará… Cosas pequeñas que para mí significaban mucho.

«El color está dentro de la tierra», dijo alguna vez. La búsqueda de esos matices lo hizo emigrar. Egresó y viajó en 1960 a Florencia, Italia, para crecer. Chávez es parte de los artistas que caminaron de manera paralela a los abanderados del boom de la literatura latinoamericana en Europa. Es un genio más que se formó entre los poetas y escritores de aquella generación. La producción artística de esa época no es un ejercicio de ensueños sino la experiencia de un arrojo emocional.

IV

Chávez sobrepara en la puerta de su taller. Al interior, una obra de tamaño descomunal ocupa el centro del lugar. “Extinguidores de la duda”, un tríptico inmenso que genera vértigo. Está inspirado en la pasada coyuntura política, comenta y quedamos enmudecidos. «El enigma que produce Gerardo en sus lienzos —decía el poeta Alfonso Cisneros—, parte de una apertura mayor del silencio hacia el silencio».

—¿Ya lo terminó? ¿Está listo para…?

—No. ¿Sabe qué? —Chávez interrumpe y extiende los brazos—. He llegado a la conclusión de que es imposible concluir una obra.

Cuando menos en su vida todo parece pendiente. En la séptima cuadra de la calle Independencia, en el centro de Trujillo, el artista fundó el Museo del Juguete. La casona colonial donde se levanta guarda una colección de miles de juguetes de todas partes del mundo: soldaditos de plomo, coches, triciclos, trenes y hasta muñecas prehispánicas. Todos lucen cuidados, limpios como el pintor siempre lo soñó.

Ha creado un museo del juguete para saciar la tristeza de no haber tenido uno. Lo hizo para regalarse cientos, pero no puede jugar con ellos. Ya no es un niño.

Chávez se sienta en una mecedora frente a su cuadro. El espacio es amplio, de techo alto y una gran ventana de fondo. En una mesa, decenas de lienzos enrollados. Hablamos de la grandilocuencia de sus trabajos.

—Es una necesidad fuerte de hacer algo que sea diferente —dice—. Que no sea la simple representación figurativa, sino tratar de ir más lejos en todos los aspectos.

De eso se habrían tratado los dilemas del artista: la necesidad de marcar distancia de la habitualidad pictórica. Una vez hallada su verdadera expresión fantasmagórica, despegó. Su obra “Transparente Habitado”, se expone, desde 1976, en alguna sala del Museo Royal de Bellas Artes de Bélgica, hasta hoy.

—Gerardo se adelantó a su época —establece Rómulo Azabache en Trujillo—. Es uno de los pocos que se ha atrevido a abrir el espacio con sus personajes.

Cuando el pintor vuelve a su ciudad natal siempre duerme junto a su obra. Su casa está ubicada al costado del Museo de Arte Moderno de Trujillo.

La casa junto al museo. Un acto de romanticismo o de amor ciego.

—Esa casa la compre en 1976 a un amor de la infancia. Su nombre era Amada —se rinde el pintor—. Entonces, para serle sincero, yo estoy viviendo en el huerto de mi amada de toda la vida.

Chávez detiene el compás de su mecedora. Parece haber capturado en su memoria la figura perfecta para una nueva obra, pero tiene la mirada perdida. Desencantado, vuelve a mecerse como si hasta ahora pasear en un carrusel pueda tener más sentido.

1 thought on “EL JUEGO DE LA TRISTEZA

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *