OLLAS Y CUCHARAS EN MANO

Hace pocos días Argentina vivió un remezón de ollas en mano.
Centenares de personas salieron de sus hogares y reventaron sus gargantas al compás de un estruendoso sonido.
El cacerolazo renace por estos días. Un esbozo a manera de análisis de algunas razones.

LA CONJUNCIÓN DEL CACEROLAZO ARGENTINO

Cacerolazo, el acto más democrático de los argentinos.

Cacerolazo, el acto más democrático de los argentinos.

Argentina está más convulsa e intranquila que en muchos años. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner se ha dado con la ingrata sorpresa de protestas, levantamientos y acusaciones de corrupción al interior de su gobierno. Los movimientos de oposición logran ganar simpatizantes que de políticos no tienen nada. Es decir, la oleada de inconformidad y disgusto se va generalizando más allá de insignias políticas. Hace menos de un año (diciembre 2011), Kirchner, ganó las elecciones y fue reelegida, pero en este tiempo solo ha recibido duras críticas a las reformas que ha planteado.

Si bien es cierto, Argentina no vive esa crisis económica que la desestabilizó durante largos años en el siglo pasado ni tampoco algo similar a lo ocurrido en el 2002, el recuerdo de estos momentos tan tensos es lo que mantiene a los argentinos tan alertas y avispados.

Las reformas económicas de los años 90, bajo la batuta de Carlos Menem, al asumir la presidencia en el año 1989, fueron firmes y de resultados reales. Con una política de libre mercado que incluyó, de forma muy paulatina, la privatización de ciertas empresas que solo se habían convertido en cargas para el Estado o una reducción prudente de los impuestos habituales. De esta manera, además, Menem es recordado por su famosa Ley de Convertibilidad. Dicha ley logró frenar la debacle que se iba gestando por la devaluación aceleradísima de la moneda argentina (el austral argentino). La figura tan aplaudida establecía un tipo de cambio fijo que antes de la puesta en marcha era, 10.000 australes equivalían a 1 dólar americano. Para detener la hiperinflación, se reemplazó el austral por el peso y el cambio fue, 1 peso equivalía 1 dólar.

De hecho, esta serie de medidas son recordadas como una de las más rápidas y castrantes de toda Latinoamérica. Los datos del Producto Bruto Interno (PBI) registrados muestran el crecimiento de un 10 por ciento anual entre los años 1991 y 1992. Luego de esto, se vivió un ritmo algo más estándar no muy debajo del 6 por ciento entre los años 1993 y 1994.

Que no quepa duda que hasta ahora se oye el susurro de los simpatizantes de Menem para criticar duramente a la actual presidente. Sin embargo, otro de los golpes que ha tenido que resistir Argentina, fue cuando el proyecto de Convertibilidad se vino abajo durante el mandato de Fernando de la Rúa y su posterior salida. En el año 2002, el peso argentino se devaluó y depreció hasta llegar a un punto de 4 pesos por dólar. La Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) registró una inflación de 41% en dicho periodo. Algo que no había ocurrido desde los primeros años de los 90 cuando el resultado era una inflación baja o negativa.

EL DATO SINÓNIMO DE CRISIS es el del desempleo que aumentó del 12,4% en el año 1998 al 18.3% solo en el año 2001. Para el 2002, se encontraba en 23.6%. Peor aún, la tasa de pobreza se teletransportó a cifras casi inmanejables. En el año 1998 estaba en 25.9% y pasó, para el 2001, a 38.3%. El 2002, cuando la crisis estalló, se registró una tasa de pobreza de cerca de 57.5%.

Estas cifras no serían relevantes si no significaran ser un fantasma que persigue a un presidente más aún cuando la población vive temerosa de que una mala toma de decisiones los lleve a revivir esos terribles momentos. Cristina Kirchner se ha mantenido firme en sus políticas de nacionalización de empresas privadas. Es decir, todo lo contrario que se hizo a inicio de los 90. Pero, a pesar de ello, los datos no son nada alentadores.

El Centro de Investigación en Finanzas (CIF) de la Universidad Torcuato Di Tella ha registrado la inflación para el año 2012 en un 30%. Esto es consecuencia directa del gasto público que han demandado las empresas que ahora son parte del Estado, pero que no por ello se han visto favorecidas. Quienes más sufren, como es habitual, son los trabajadores. Desde enero, los salarios reales, han caído un 15%.

Cuando en cualquier país de nuestro territorio latinoamericano sucede algo similar, lo que se suele hacer por seguridad, es buscar un refugio en el dólar. Pero esto trae como consecuencia una depreciación acelerada del peso argentino. Ahora el dólar se cotiza a 4,5 pesos en centros de cambios oficiales. Al comprarlo en la calle deben pagar 6 pesos por dólar.

Razones obvias para que la población ya no tenga muchas ganas de quedarse sentada frente a su televisor pasivamente. El difunto esposo de la presidenta, Néstor Kirchner, fue presidente desde el año 2003 e implementó medidas tranquilizadoras para la sociedad, pero que no pudieron ir más allá del 2007. Para quienes miramos desde fuera la figura, buscar la renovación de patriotismo por las Islas Malvinas tiene algo más de fondo. No se puede descartar un intento de lazo psicológico para unir a la sociedad cuando se siente amenazada y respaldar a Cristina de Kirchner en sus políticas exteriores.

Ello no da resultado cuando las aguas están calmas. No puede mantenerse al pueblo tenso. Ahí es cuando se conocen las noticias de que desde hace 6 años (antes de finalizar la gestión de su esposo y durante todo el mandato de la presidenta) las inversiones extranjeras se han detenido. Argentina ostentaba el segundo lugar en Latinoamérica como país viable y de más inversiones extranjeras hace no más de una década. Hoy, se encuentra en el sexto lugar.

La salida de capital ha significado una pérdida de 50 mil millones de dólares en solo 6 años. Las reservas de divisas se están agotando en el país del sur. La inconformidad ha llegado a niveles que se pensó no podían repetirse. Las madres que no hallan en la caja chica familiar lo justo y necesario para alimentar a sus ‘críos’ se han armado: tomaron sus ollas vacías y empezaron golpearlas a un solo ritmo.

Masiva presencia en las calles de los ciudadanos argentinos. Foto: Reuters

Masiva presencia en las calles de los ciudadanos argentinos. Foto: Reuters


EL CACEROLAZO ES TAN ARGENTINO COMO EL TANGO. De hecho, el cacerolazo es considerado más que un acto de expresión argentino, un sinónimo de civismo. El primero que fue registrado como tal, con ese apelativo de “Cacerolazo”, es uno de finales del año 1996. El término hace referencia a la cacerola u olla. En todo caso, el vació de la cacerola hace que se la pueda usar como sinónimo de hambre y necesidad golpeándola con la cuchara de palo. En esa ocasión, tal vez, el más recordado estuvo acompañado de bloqueo de calles, claxon de autos permanentes, sirenas y apagones contra algunas medidas del presidente Carlos Menem.

Sin embargo, a pesar de que es un ejercicio muy argetinizado, el primero que se recuerda en Latinoamérica se dio en Chile, entre el año 1971 y 1973, contra el presidente Salvador Allende como protesta por la mala situación económica y social que vivían.  De todos modos, el hecho se ha puesto muy en práctica en Argentina desde esos años y ha marcado hitos históricos de cambio que han registrado, la mayoría de veces, un  giro en el timón de mando del gobierno. En el año 2001, durante el mandato de Fernando de La Rúa, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa convocó a una serie de cacerolazos por ciertas restricciones a las transacciones bancarias que se impusieron y que elevaron el pago de los impuestos perjudicando a los empresarios. Las marchas se recuerdan porque, además, ocurrió algo que se denominó el “apagón domiciliario” que duró algo más de 15 minutos.

Desde entonces, los argentinos encontraron en los cacerolazos la manera más efectiva de protesta que hasta entonces habían vivido. A lo largo de los años, desde la salida de Menem en el año 1999 (más  los cinco presidentes que continuaron hasta el año 2002) los ciudadanos ejercieron su cacerolísima protesta y no se amilanaron ante ninguna fuerza que haya intentado silenciarla puesto que es una marcha siempre pacífica, pero muy sonora y heróica.

De cierta forma, las ollas fueron guardadas durante un tiempo hasta el año 2003 en que una marcha muy pequeña se llevó a cabo en algunas ciudades argentinas. La razón exacta fue el descontento que sentía parte de la población ante la renuncia de Carlos Menem como candidato a segunda vuelta contra Néstor Kirchner. Menem salió en un mensaje a nivel nacional explicando los motivos de su renuncia al considerar que existía una sistemática campaña de desprestigio en su contra por parte de Kirchner.

No se han dado casos similares en todo este tiempo hasta el año 2012 en que no les bastó con un encuentro de ollas, sino que fueron dos. Con Cristina Kirchner en el gobierno (en su segundo mandato) y con el temor de un cambio en la Constitución para una tercera elección, se convocó a un cacerola. Apareció la inconformidad y la protesta características de Argentina. Las banderolas y pancartas tenían frases con quejas que iban desde seguridad, libertad, corrupción, política y economía. Es básicamente esto último lo que había generado que este cacerolazo esté constituido por sectores de nivel socioeconómico medio en su mayoría. El cacerolazo tenía el slogan de “basta de medidas populistas” y como título principal que se expandió en redes sociales,  “Los K [Kirchner] me inflan los huevos”.

Lo que quedó claro con esta primera marcha (31 de mayo de 2012) fue que los argentinos no tienen ni medio pelo de tontos ni están dormidos. Que el haber elegido por segunda vez a Cristina Kirchner no fue más que un voto de confianza ante un trabajo aceptable. Sin embargo, los rumores de una intención para un tercer mandato empezaron a volverse reales cuando ciertas movidas en el gobierno han hecho pensar eso. Esto guarda relación directa con el hecho de que, meses antes, en marzo, senadores nacionales del Frente para la Victoria (aliados al kirchenerismo), hayan presentado un Proyecto de Ley para que los adolescentes de 16 años puedan ejercer su derecho a voto desde las próximas elecciones. De inmediato, el oficialismo intentó apurar el debate en el Congreso. He ahí el primer indicio de que algo extraño se viene tramando: son más de un millón y medio de votos que —con el solo gesto de buscar su aprobación—, el kirchnerismo podría meterse al bolsillo para las elecciones legislativas del 2013 y presidenciales del 2015.

Ahora bien, la marcha no era básicamente por eso. Es decir, no son los argentinos tan pecho frío como para negar el derecho a voto a sus propios hijos o hermanos. La medida otorga al futuro ciudadano una suerte de responsabilidad que, a fin de cuentas, hace madurar a la persona de manera pronta; siempre y cuando se informe adecuadamente,  sea una decisión sería con compromiso de por medio. Pero, más allá de esto (que no es más que la teoría), lo criticable es la necesidad de apurar la reforma del Código Electoral Argentino con esa ley. Si no tuviera un trasfondo tan político, ¿por qué no solicitar que se haga efectiva pasada la siguiente elección? Como dijimos, el cacerolazo no fue por esto individualmente, sino por una serie de incof0rmidades que se acumularon.

La segunda marcha, que es la que ha dado la vuelta al mundo y se puede considerar como épica en la historia argentina, se dio el 13 de septiembre pasado. Las fotografías, que las agencias de noticias que cubrían el hecho enviaban, daban cuenta de una marcha sin precedentes. Para esta oportunidad, el cacerolazo llevaba como consigna una protesta por el supuesto atropello a las libertades individuales y el rechazo a una suerte de tributo impuesto por la AFIP.

Este cacerolazo fue convocado por las redes sociales y tuvo como lugar central la Plaza de Mayo de Buenos Aires donde al frente se ubica la sede del Ejecutivo. El detalle particular, en esta oportunidad, es que a lo largo de todo el recorrido que hicieron los millares de personas que se dieron cita, los vecinos salían por sus balcones a gritar arengas de apoyo y a colgar banderolas por la misma causa. El ejercicio de protestas que —aunque se han esforzado por minimizar desde el oficialismo— nació en Facebook, se extendió a Twitter (logrando un hashtag mundial y que se mantuvo por varias horas), se envió por cadenas de correos electrónicos y mensajes de texto a los celulares ha involucrado a más argentinos de los que se esperaba. La inseguridad y la economía son dos temas de debate constante.

Una persona, en uno de los puntos de reunión decía: “la presidenta no quiere que usemos dólares en nuestro país, pero con qué paga ella el departamento de su hija en Estados Unidos?” Ese ha sido el problema generalizado. El descontento por el método en que se ha intentado estabilizar la economía con ajuste irrisorio es total puesto que, se ha utilizado una formula nuevamente populista: se fijó un cobro adicional de 15% en cualquier gasto (ropa, regalos, movilidad, turismo) que el ciudadano argentino realice en el extranjero con tarjetas de crédito y hasta con las de débito. Una medida no muy lejana de lo que ya se venía aplicando a lo largo de los años desde la época de Nestor Kirchner. Por ejemplo, argentino que viaje a cualquier parte en el extranjero, debe registrar con qué cosas de valor está saliendo para controlar con qué cosas está ingresando a su retorno. La AFIP ha autorizado compras en una cantidad limitada en dólares, pero al tipo de cambio oficial (30% más bajo que en la calle) y que resulta insuficiente. Con esa traba se vuelve imprescindible el uso de la tarjeta de crédito.

Por supuesto hay otras medidas que muchas personas aplauden, pero no se dan cuenta que a la larga siempre traerán repercusiones a toda la ciudadanía. El elevar los sueldos, las asignaciones universales o la jubilación son reformas que alivian brevemente al pueblo, pero que no tienen un plan duradero para luego de que Cristina  Kirchner entregue la banda presidencial  (2015 o después) con o sin cacerolazos y con los jóvenes de 16 años ya más maduros.

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