NORMA, EL ÁLTER EGO QUE MARILYN NO ALCANZÓ

Hace pocos días se estrenó la película “Mi semana con Marilyn”.
Este es un texto a manera de reflexión sobre algunos pasajes de la película y de la misma Monroe.


Marilyn Monroe fue un producto con fecha de caducidad donde el empaque, Norma Jean Backer (su verdadero nombre), no pudo sobrevivir más. La impactante imagen que significaba abarcaba demasiado, al punto de volverse adicta a ella misma: al estereotipo que no sufría por la sociedad, sino que se esmeraba por encarnar. Sin embargo, como sus amistades fueron contadas —y ahora desaparecidas— no quedan muchas pruebas fehacientes que testifiquen en cómo podría haber sido Norma sin Marilyn. Claro, si es que esta suerte de silogismo se pudo haber cumplido.

Apelando a que el filme “Mi semana con Marilyn” se acerca a la realidad y que esa agotadora, pero breve amistad que se gestó entre la actriz y el joven Colin Clark fue tal, encontramos, en sustancia, una mujer agobiada y devastada por su personaje. La película, basada en el diario personal de Clark, asistente de director, retrata en unos de sus pasajes a la actriz frente a ‘simples mortales’ que jamás esperaron verla y ella, tan solo para no desilusionarlos, hace los movimientos rutinarios de una estrella de cine y al oído de su acompañante susurra: “debo ser ella”. Ese es el instante en que Norma desaparece para que Marilyn Monroe pueda posar y atontar a sus espectadores.

 

Marilyn Monroe interpretada por Michelle Williams.

Marilyn Monroe interpretada por Michelle Williams.

Por otro lado, lo que logra esta película, además de forzar —mera cuestión personal— la idea de una Marilyn como ícono sexual, adicta a los calmantes y engreída hasta más no poder, es una mujer totalmente humanizada con altos y bajos existenciales. Humanizarla implica, entonces, romper el estigma que pesa sobre ella de mujer frívola y sin sentimientos. Es decir, que ser ícono sexual es producto de su belleza expuesta al mundo; la adicción a los antidepresivos son el resultado de no encontrarse en paz sino ir a mil por hora porque los contratos así lo exigieron y; un engreimiento entendible si se recuerda que salió de su casa a tierna edad para trabajar en una fábrica que le pagaba veinte dólares a la semana por diez horas diarias; entendible, insisto, la necesidad de sentir seguridad, afecto o ser mimada…llamar la atención a fin de cuentas.

Recordemos esa entrevista que le realiza a Monroe el periodista Georges Belmont. En ella aparecen frases como: “Tengo fama de llegar siempre tarde. Bueno, no creo que sea así todo el tiempo. La gente sólo se acuerda de las veces que no soy puntual. […] Pienso que los seres humanos no deben comportarse como máquinas. [Rendimos] más si se hacen las cosas sensatamente, con calma, disfrutándolas”. Por ello considero que la versión que Clark volcó en su diario y que ahora se exhibe en las salas de cine, soy una visión muy parcializada de la actriz. Porque el vivir durante una semana (en contadas horas) cerca a un ser humano no nos permite conocerlo en absoluto.

Lo que el aspirante a director capturó en sus notas fueron escenas en las que Marilyn Monroe quiso jugar, ser una niña o la actriz, ser quien sea menos la compleja Norma Jean. “Aunque me gusta estar con gente, hay ocasiones en que me pre­gunto hasta qué punto soy una persona sociable. Puedo estar sola; no me preocupa. No le doy vueltas: es como un descanso, una especie de reconstituyente”, reflexionaba Marilyn ante Belmont. “A los seres humanos, o al menos a mí, les pasan dos cosas: quieren estar solos  y acompañados. Yo tengo un lado triste y un lado alegre. Es un verdadero problema ante el que me encuentro muy sensibilizada. Por eso adoro mi trabajo. Cuando estoy contenta con él, soy más sociable; en caso contrario, prefiero estar sola. Y en mi vida privada me ocurre lo mismo”, dijo, más humana que actriz, “Norma Monroe” en aquella última entrevista.

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