UNA PROMESA DE VIDA

Un breve texto dedicado al patriarca de la familia.


No fue hasta hace pocos días que me atreví a espiarlo sin que él lo note. Su mirada cargada de curiosidad e inocencia registraba mi casa como si estuviera en un lugar que visitara por primera vez. Sus ojos plomizos se movían al ritmo de sus cejas que se levantaban en un gesto de extrañeza sentado en el patio. Mientras lo observaba, descubrí un sentimiento de nostalgia y arrepentimiento en mí. Culpa por el tiempo perdido; por no haberlo espiado antes, cuando menos. Esa misma tarde dijo algo que no olvidaré fácilmente y que incrementó mi culpa por no haberle dado el tiempo merecido desde que lo conocí. “Me he prometido llegar hasta el último momento de mi vida”. Hoy José Diego, mi abuelo, cumplió 98 años y aún tiene ganas de más.

Papá José y Daniel Antonio.

Papá José y Daniel Antonio.


¿Cuántas historias pueden estar contenidas en esos cientos de días que se acumulan en 98 años? ¿Se terminaría de contar de alguna manera la tenacidad con que Diego (junto a Lola, mi abuela) han luchado por sacar adelante a la familia?

Cuando Lola, estaba en los últimos años de su vida, me sentaba junto a ella y le preguntaba cosas simples: ¿Cómo estás?, ¿Cómo te trata la vida, Lola? Ella no terminaba de responder y resultaba hecha un mar de lágrimas. No es que hayan vivido en un asilo o abandonados a su suerte desde que los hijos se independizaron: con el pasar del tiempo la mutua compañía podría convertirse en soledad también. Cosa extraña si entre ambos existen tantas historias de pujanza que recordar: siete hijos y el largo trecho desde Amazonas hasta la costa de La Libertad.

Cuando sólo habían nacido Luis y Daniel (los hijos mayores), mi abuelo tuvo que mudar a la familia desde Bolivar hasta Rodríguez de Mendoza donde él iba a ser secretario en un nuevo colegio. Los pequeños, tres y cuatro años (más o menos), se recuerdan al interior de una caja de madera (cual cajón de naranjas) sobre los hombros de un hombre que aseguraba sus pisadas con un bastón. Abrigados y apretados observaban entre las maderas el estrecho camino de las montañas por donde viajaban con los caballos y mulos. En un momento, los gritos de mi abuelo por la necedad de los animales a no querer seguir la caminata debido al granizo que los golpeaba, hizo que la imagen se convierta en algo inolvidable; el instante en que los niños conocieron el miedo: el cargador a punto de desbarrancarse con ellos a cuestas, ante la mirada incrédula de mi abuela que iba más atrás. Hace unos años obligué a que la historia sea contada en una reunión familiar. Muy pocos la conocían. Lola y José lagrimearon a discreción. “La historia se repite: así como llegamos aquí, unos se van a conquistar y extrañar”, dijo el abuelo. Es como en la literatura: las historias se repiten sin cesar porque son parte de la vida, del ser humano; parte de un ciclo sin fin.

A pesar que dudé en llamarlo hoy día, pudo más la pena de imaginarme en unos años arrepentido por no haberlo hecho. Pudo más, la satisfacción de imaginar su voz emotiva al escucharme. El pago fue incalculable.

Estos no son los abuelos habituales que podrían haberme llevado al cine cuando pequeño. Eran más bien, distantes, pero amorosos en su estilo. Lola podía haberme peinado con la integridad de su saliva o engreírme con un pan con mantequilla y azúcar. José podía haberme sonreído como un amigo al verme poner de cabeza su habitación y aconsejarme tan solo con una sonrisa de medio lado. Es que de eso se trata el estilo impuesto por Papá José y Mamá Lola: consejos y experiencia; perseverancia y empuje; ganas de crecer y salir adelante: forjar el destino sin darse por vencido.

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