PLAÑIDERAS

Las plañideras o lloronas se lucían en entierros y funerales.
Eran mujeres dedicadas a llorar por dinero al muerto ajeno.
Plañideras: lo que queda de su historia.
 
 
 
A José Diego.

Foto: Paola Paredes

Para cuando era tu turno de morir, hace no mucho tiempo, aún no existían compañías que enviaran lágrimas florales con despampanantes y pretenciosas tarjetas de condolencia. Tampoco habrían encontrado, para ti, una empresa funeraria en la esquina, que asegure una cruz para iluminar las frías noches de tu largo y tedioso velorio: los días de lamento no eran uno o dos. El cajón no te esperaba con un cómodo interior y es posible, además, que nadie en tu comunidad haya sabido embalsamar aguardándote con ello, un maloliente final momificado. El camino hacia el cementerio no era en carroza fúnebre ni existían las más cómodas fosas de prados verdes para tu descanso. La única forma de velarte y enterrarte con decencia era contratando a unas cuantas plañideras para que, con aparatosos llantos y espectáculos, te lamenten y despidan. Plañideras: mujeres dedicadas a llorar muerto ajeno.

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Ciertamente, la historia de las plañideras es muy antigua. Este ritual o costumbre se remonta hasta el antiguo Egipto, pasando por la Biblia en Jeremías y luego, hasta los distintos lugares donde fueron vistas. «En Perú, la existencia de las plañideras fue registrada únicamente hasta el siglo XIX», explica el historiador José Bocanegra, guía de un peculiar tour en el cementerio Presbítero Maestro de Lima. Si el difunto, en vida, había sido un reconocido personaje o acaudalado ciudadano, las plañideras hacían gala de sus más experimentados dramas y cobraban una suma superior por el espectáculo. Cuando la persona era humilde y pobre, un efímero llanto lo arrullaba en su partida. Es decir, a más dinero, más pantomima.

Sentadas junto a los apenados familiares del difunto, lloraban y gritaban cuando una persona cualquiera se acercaba a brindar el pésame a la familia. Recurrir a las plañideras iba casi inconscientemente vinculado al tiempo que se velaba al muerto. Para entenderlo mejor, a  más lágrimas o lamentos, el muerto iba más rápido a descansar con el Señor. Del mismo modo, contratar plañideras era una manera de mostrar el profundo dolor que se sentía con la partida del ser querido.

Representación de Plañidera en el cementerio Presbítero Maestro.

Afuera de la casa, apretujados en unas enclenques sillas están casi todos los vecinos del lugar. Algunos charlan, toman café y otros beben cañazo a discreción. Ingresar a tu velorio es deprimente. La habitación donde te encuentras es oscura y parece que tan sólo una docena de ojos rojizos iluminaran el cuarto. El olor a cera que se derrite con las horas que llevas siendo velado es insoportable. Las miradas en el interior se cruzan al ingreso del recién llegado y se sitúan en un punto fijo del piso. Los rostros se sugestionan y los pañuelos se preparan para la faena. El leve sollozo que acompaña a la familia es sepultado con un grito ensordecedor de las plañideras que se encuentran todas de negro, al costado de tu ataúd.

—¡Ay, ay…tan buenito que era!

—¡Ay, ay…tan caritativo! ¿Por qué te lo llevas? ¿¡Por qué!? —dice una mujer que se tira al suelo e intenta abrazar el cajón, gritando tu nombre con una voz desgarradora.

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No es difícil poder encontrar referencias sobre las plañideras. A pesar de que de ellas se ha escrito muy poco, todo sobrevivió de boca en boca. Existen esculturas y cuadros que las representan desde la Edad Media. «En esa época, los funerales se desarrollaban en dos partes: al inicio era sufrir, llorar, desesperarse, gritar —afirma el historiador Ignacio Beteta—; luego ya más calmados los familiares, hablaban del difunto, agradeciendo la asistencia». Pero a final de cuentas, ¿cuál es la necesidad de contratar plañideras, si se supone que el muerto va hacia una “vida mejor”? Al parecer, por lo mal visto que resultaban los lloros pagados de esas mujeres, se empezó a vilipendiar su trabajo al punto de ya no vérselas más en ningún funeral. Así, empezó a prohibirse en los cortejos fúnebres públicos la presencia de notorias plañideras.

Siglo XIII. Valencia, España. «La situación se iba poniendo más y más escandalosa en las ciudades porque se juntaban tantas plañideras que el Concejo de la Ciudad amenazó con azotes a quienes se atrevieran a manifestar con llantos o rasgado de vestiduras el dolor fingido», explica Nieves Concostrina, escritora y periodista española que ha realizado profundas investigaciones en el tema.

Regresando en lugar pero no en tiempo, el oficio de plañir en los velorios y entierros era uno de los más rentables y peculiares que se podría haber visto o encontrado en la Lima de antaño: “Viejas como el pecado y feas como el chisme; las mismas se daban el lujo de estar organizadas en una Asociación de Lloronas de Lima”, escribía Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas.

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Ya va amaneciendo y es la mañana de tu entierro. Mientras los más adultos que asistieron siguen en el patio chacchando coca, escapa del rústico horno el olor a pan de piso preparado por la familia. Las personas no paran de llegar. Se acercan con demasiado respeto a la humilde casa: dos velas artesanales en la mano o coronas con flores de papel como muestra de compañía en el dolor. Luego de unas horas, es momento de sacarte de la  habitación de ambiente cargado. Tiempo de partir en dos tramos: en hombros y en lomo de algún animal: tampoco los cementerios están cerca. La gente afuera espera la salida del cajón. Tus padres lloran sin reposo y empiezan a caminar. Las plañideras se abrazan entre ellas y se cubren casi por completo el rostro con su lliclla para poder llorar a pulmón limpio tu partida. Los pasos son lentos y el camino es largo. Al pasar por alguna iglesia cercana, el sacerdote de turno se para en la puerta principal y bendice a lo lejos tu cuerpo mientras las campanas suenan tan fuerte que calan hasta el espíritu más frívolo que te acompaña. La gente sale de sus casas al escuchar los llantos plañideros y las madres abrazan a sus pequeños hijos que miran extrañados la lenta procesión. Al llegar al cementerio, un hueco: el ataúd al interior y se acabó. El pago a las plañideras y a buscar otro muerto ajeno. Tu historia terminó. ¿Puedes recordar que aún no te has muerto?

*El presente texto está basado en el recuerdo narrado por una persona que vivió una historia similar con presencia de plañideras y recreado por el autor.

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