EL CUERPO ES UN ALTAR

Bailarina y coreógrafa.  Maestra de danza contemporánea, clásica y teatro del movimiento.
Mirella Carbone detiene unos minutos su rutina diaria: danza, danza, danza.
 
 
 

Texto publicado en la edición de
setiembre de la revista ‘Elite’ de Trujillo.
Fotos: Hernán Hernández Kcomt


La parte más ínfima del ser humano se percibe y expresa en su real sensibilidad. Alguien dijo alguna vez que ‘la esencia de toda vulgaridad radica en la falta de sensibilidad’. Hoy, en estas últimas frías noches de julio, Mirella Carbone, nos demuestra que ello es cierto. Llena de sencillez, empatía y confianza. Llena de luz finalmente. Llena de arte sensible, puro, digno y sufrido, «mi padre murió cuando yo era muy joven. Cuando estaba por estrenar», dice Carbone mientras asiente lentamente con la cabeza.

Mirella Carbone es bailarina y coreógrafa. Podría ser considerada como el ícono vivo de la danza contemporánea peruana. Su trascendencia e influencia escapa de nuestro territorio; ella es internacional. Sin embargo, a pesar de saber y conocerlo, Carbone no recibe de buen gusto los galones que le imponen los críticos y el mismo público. «El endiosamiento no me va para nada». Es mejor así, únicamente abocada a su creación artistica, donde plasmar en escena el boceto de las ideas, imágenes y movimientos es cuestión natural, inherente.

Mirella Carbone obseva con detenimiento a sus alumnos en un taller al interior de la PUCP.

“Mirella Carbone mira con atención a sus alumnos. Se acerca, corrige sus movimientos, les conversa y los abraza únicamente con el gesto sin apenas tocarlos. Escenifica de una forma inexplicable, un cuerpo atrapado en su propia armazón de individualidades.”

Hace poco Google lanzó, en su logotipo de Internet, 6 pequeñas figuras de monjas que entre movimiento y movimiento formaban su marca. Si el gigante buscador utilizó a Martha Graham —referente mundial de danza contemporanea—, los peruanos tenemos a Mirella Carbone comprometida con nuestra realidad: no es dificil imaginarla durante varios meses recopilando información de casos de torturas y maltratos a las que el género femenino es sometido para una de sus obras más recordadas: Convidada de Piedra. Fue una obra «muy emotiva, cargada de realismo y crudeza», afirma uno de sus alumnos al interior de uno de los talleres. «Los grandes bailarines —decía Martha Graham— no son geniales por su técnica, son geniales por su pasión». Convidada de Piedra fue tétrica pero real; oscura pero pura; cobarde (como la cobardía en el acto) pero sublimemente gallarda.

Carbone se ve lúcida como veinteañera, sincera y coqueta como quinceañera. Es amable y sonríe a discreción. La artista lleva una botella con agua entre sus manos. La destapa mientras escucha la pregunta y se dispone a tomar. La detiene abierta a la altura del mentón. Piensa unos segundos la respuesta y cierra la botella sin beber gota alguna. Por 10 veces, solo bebe agua en 2 oportunidades. Es más entretenido responder y contar historias de vida, llenas de alegrías y experiencia, que perder el tiempo en refrescar la garganta, cuando menos, por ahora. «He hecho taxi, vendido cosméticos, he sido baby sister, he lavado pañales, enseñado en secundaria y he trabajado en empresas», dice Mirella Carbone.

Al interior de la Pontificia Universidad Catolica del Perú en Lima, Carbone escucha y mira con atención a sus alumnos de uno de los talleres que dicta. Se acerca, los toma de los brazos, corrige sus movimientos, les conversa y los abraza únicamente con el gesto sin apenas tocarlos. Su mirada es tierna y su cabello parece arreglado con inocencia infantil. Como si la noche pasada se hubiera entregado al juego espontáneo de unas niñas: una base de pelo ensortijado oscuro y, una capa —cual pañuelo— de color blanco, cano. Si esto es natural es precioso, pero si es artificial es parte de su estilo y precioso también. Mirella Carbone está entregada a la enseñanza de la danza y por ello no se puede detener. «Cuando bailas tienes una conexión con tu inconsciente. Cuando no bailo me enfermo», dice la artista abriendo sus ojos como señal de espanto.

Alumnos de Mirella Carbone ensayando la próxima obra a estrenar.

Ha viajado por muchas partes. Estudió en Europa y Sudamérica con reconocidos maestros de disciplinas corporales puras. El querer aprender más, la hizo conocerse y descubrirse. «Cuando empiezo a moverme, me escucho», afirma. Es una creativa autodidacta. El escritor chino Lin Yutang decía que ‘la persona que tiene talento no pierde su corazón de niño’. Muchas de las obras de  Mirella Carbone tienen ese toque de ingenuidad temprana: «en mis temas regreso a mi infancia», explica la artista. El regresar a la infancia para cobijarse o ponerse a buen recaudo, durante la presentación de su primera coreografía debió ser difícil. Carbone perdió a su padre días antes del estreno y debió ser algo duro. Tanto más aún, que lo poco que su rostro puede expresar ahora cuando lo explica y recuerda.

Viene ahora a la mente, por unos instantes, Carbone al oscilar su cuerpo despacio,  hace pocos meses en “Nostalgia de absoluto y Visita inesperada”. Caminaba lentamente, se contorneaba, sonreía, se agestaba. Era un ave, una flor. Era paz. «En estos tiempos te pierdes y ya no sabes quién eres», dijo la artista cuando minutos antes escenificaba, de una forma inexplicable, un cuerpo atrapado en su propia armazón de individualidades.

Su amplia frente, las gafas de grueso marco negro, la chompita delgada tejida en lana y su emotiva mirada no escaparán de esta noche donde hablamos de ella, arte, de la vida y el Perú: ella nuevamente. Y, es que es mejor así, imaginando a Mirella Carbone como el Perú. Tan difícil pero sutil, tan activa pero humilde y tan gratificante como un verso hecho danza: «usamos la metáfora…es poesía, finalmente».

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