Confesiones

“El miedo es lo que te mantiene con vida.”

Mitsuharu Tsumura


*Un anticuento prometido.


Cada que escucho un sonido parecido al de aquella noche, se me hace un nudo en la garganta. Sintomáticamente cierro la boca con un gesto de disgusto, paso un agrio trago salival, mi frente esboza tres pequeños surcos entre las cejas y mis ojos intentan buscar un lugar donde esconderme: paranoicamente mis manos se humedecen en segundos. Si el sonido es cercano, tiendo inútilmente a mover el pie derecho. Levantarlo. Intento correr, también, pero todo es en vano. De nada sirve hacerlo ahora. No pude detenerme aquella noche. No he confesado a nadie el delito ni he recapacitado en el acto. No me he puesto a pensar en el sufrimiento ajeno que causé ni me he cuestionado si era su hora de morir. Algún día podré confesarlo, recapacitar y cuestionarme. Por ahora, cuando escucho un sonido parecido al de aquella noche, mi mente y cuerpo regresionan hasta ese instante con el corazón presuroso a punto de explotar y la consciencia que me estruja de angustia al saber lo que hice; como si una mano intentara detenerme al hallarme en la escena:

—¡Alto!

—No, no quise hacerlo  —pienso mientras apresuro el paso cuando gritan y me persiguen.

—¡Deténgase! ¡Oiga!

—No fue a propósito, ella se metió en mí delante.

—Desgraciado! —escucho a lo lejos mientras huyo cobardemente.

Los días pasan y no es cierto que el tiempo ayude a olvidar. Lo sé. Es peor. El martirio al escuchar algo similar, es atroz. El sonido macabro ocasionado con la fuerza e inercia de mi pie al pisar y asesinar en el medio del parque a una noble e inocente cucaracha, retronará por siempre en mi ser. Lo siento en verdad. Q.E.P.D.

 

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