Nunca es bueno mentir

…y Barrantes pensaría lo mismo.

“Díganle a mamá que si llega alguien a casa y no quiere verlo, no los haga negar a ustedes. Nunca es bueno mentir, ni en eso.”, dijo la profesora al final de la clase. Esta misma, sería la repetitiva y presagiosa frase que me hiciera prometer no volver a mentir. No mentir al abrir la puerta, no hacerlo al contestar el teléfono: no volver a mentir ni por encargo superior. Ese día cuando el teléfono sonaba, contesté y entregué el auricular a su final destinatario sin  pensarlo dos veces. El día continuó con normalidad. Algunas inquisitivas miradas de mis padres al tener que atender el teléfono o dar la cara a gente indeseable, me arremetían. Ya el sábado, por ser el menor y tener tan sólo 10 años, era el encargado de hacer todo cuanto a mis hermanos mayores no se les diera la gana.


Pasado el medio día, era hora de almorzar. Los estruendosos gritos de mi padre llamando a mis hermanos sonaban como un eco en montañas infinitas. Al estar todos ya en la mesa, comían en 15 minutos lo que a mi madre le había tardado horas preparar. El sudor que emanaba mi mamá me hacía sentir culpable, aún cuando había intentado ayudar en todo lo que pude. Los ‘sensibles’ hermanos mayores, junto a mí, comían como si el mundo llegara al final. Hasta que, de pronto, el timbre de la casa sonó y los tenedores quedaron inmóviles por una fracción de segundos. La mirada de mi padre se clavó en mí. Al mirarlo, frunció un poco el seño y me dijo:


Déjame descansar. Cuando menos hoy sábado no estoy para nadie.

Empujé la silla, enojado, y fui hacia la puerta. Al abrir, no había nadie. Salí de la casa y miré a la esquina. Un señor bajito, con una barriga de damajuana y medio calvo, me levantaba la mano haciendo ademanes para que me acerque. A pesar de ser un extraño, una sonrisa amical del panzoncito, dirigieron mis pasos confiadamente temerosos. Al llegar a la esquina, había un escarabajo Volkswagen, color verde desteñido, de donde este señor sacaba algo.


–  ¿Tu papá está en casa?


Yo lo miré medio atontado y sólo negué con la cabeza.

–  Bueno, entonces, cuando llegue le das este libro y le dices que TU Tío Frejolito vino a verlo. Salúdalo de mi parte.

Me entregó el libro, me brindó un extraño pero fraterno abrazo y se marchó. Un especial sentimiento se apoderó de mí. Quedé, por un instante, procesando lo sucedido. Vi el polvo levantarse al camino del Volkswagen.


Regresé a casa feliz. Miré a mi padre y sonriendo le dije:


Mi tío Frejolito me ha dado esto para ti.


Mi papá tomó el libro muy incrédulo. Lo abrió e inmediatamente salió disparado a la puerta. Yo me quedé pensando en si había cometido un error. Hice lo que me pidió.


Alfonso Barrantes Lingán ya se había marchado. Mi padre no me dejó hacerle caso a mi profesora aquel día. No pudo ver el Volkswagen verde desteñido. Tampoco pudo agradecer el libro ni, mucho menos, despedirse del Tío Frejolito, quien marchó a la eternidad con su amistad años después.

Nunca es bueno mentir…pensaría Frejolito también.

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