…un extracto.

Las lineas de este nuevo post, corresponden a un proyecto que se viene gestando lentamente.
No existen muchos textos escritos en 2da persona.
…veamos si no muere en el intento.
Quedo a críticas.


Son los últimos días de diciembre.

El verano tarda más de lo habitual en llegar. Las pistas lucen un manto húmedo por la llovizna de la madrugada. Madrugada que parece eterna. Son las 7:47am. El tráfico rutinario te hace abrir los ojos. El tráfico y un ruido extraño que escuchas fuera de tu ventana. Tus piececitos desnudos y calientes tocan el frio parquet y vas acercándote despacio al ponerte en pie. Lento y casi temblando corres la cortina con temor. No alcanzas a ver nada. Tienes miedo. Estas sólo en casa. Tu padre parte a trabajar a las 6 en punto cada día: un periódico en la mano y las llaves del escarabajo familiar. Tu hermana mayor vive en New York. Estás seguro que de ella quisieras aferrarte ahora que tus piernas flaquean al cerrar la cortina. Quedas inmóvil frente a la ventana, junto a la cama. Tu madre no está más. Cada noche es una batalla que vences para lograr dormir y llorar menos. En marzo se cumplirá un año desde que murió. Sabes perfectamente que el temor que sientes por sonidos extraños, es por la inconsciente conexión que haces al 4 de marzo pasado: fecha exacta de su muerte. Cada ruido que escuchas fuera de tu ventana, te obliga a repasar la escena paso a paso torturándote agachado. Tus manos sostienen tu rostro y por los brazos resbalan lágrimas desconsoladas, desmayadas, malditas cómplices de tu tortura en imágenes cuadro a cuadro. Empiezas: eran tus últimos días de vacaciones antes de re- empezar las clases. La puerta de tu habitación se abrió lentamente y viste una mancha negra ingresar. Mancha pacífica de olor nostálgico. Un beso en la frente te hizo saber que era tu ángel de la guarda, la mujer más bella que en tu vida podrías volver a encontrar y que tenga las palabras indicadas cada mañana a las 8:15am:


–          Buenos días mi amor. Sigue durmiendo, no tardo mucho.


Tomó tu colchita preferida y te arropó antes de marcharse al trabajo. Repetiste la acción en tu mente durante un corto lapso. Cuestión de segundos. Pretendías  hacerlo eterno: detenerlo en el tiempo, finalmente. Luego de no más de 10 minutos la bocina de una combi y el desgarrador grito de una mujer te hicieron sentarte en la cama. Tiraste la colcha y te paraste. Abriste la cortina bruscamente y con prematura fuerza halaste la hoja corrediza de la ventana. Sacaste la mitad del cuerpo y en milésimas de segundos, recordaste a tu madre gritándote por hacer eso. No te importó. Te estiraste más.  5 pisos abajo yacía una mujer tendida en la pista, ensangrentada y con su última mirada dirigida hacia ti. Era ella. Tu madre. Te quedaste inmóvil viéndola e imaginando que su rostro de terror se iba volviendo de ternura: una penosa despedida al no poder cumplir la promesa del beso en la frente. Bajaste el cuerpo. Te sentaste en la esquina de  la habitación en shock, a llorar solitariamente como ahora: piernas recogidas, manos en tus ojos y lágrimas inextinguibles cayendo sin cesar. Los minutos y horas pasaron sin que te dieras cuenta. Tu padre corrió primero al hospital a donde tu madre llegó sin vida. Acudió luego a la morgue a donde la trasladaron. Lloró como tú y tus diez años pero nunca pensó que habrías visto todo desde tu ventana. Llegó a casa a la 1 de la tarde. Había pensando mil historias para darte la mala noticia. Te encontró en el piso con la mirada fija en el imaginario rostro de tu madre que se encontraba junto a ti. Casi 5 horas sólo, temblando, llorando y repasando el momento.


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