Kaiere: la verdadera historia de una editora.

Esta es la historia de un trabajo que abandoné.
Una empresa que pretendió pisotear a uno de sus empleados.
Léanla y para la próxima, recuerden poner sus principios sobre la mesa para no ir de cara sobre nuestra maldita realidad.
Empresa: “KyR editores e impresores.
Revistas: Nutriendo – Obstetra – Mundo Ecológico (nunca a nadie se le habría ocurrido nombres tan originales)


CUARTO DE SERVICIO

–          ¿Si? –pregunta una voz de mujer por el intercomunicador.

–          Hola, soy Fabricio Cerna.

–          ¿De qué empresa o que es lo que desea?

–          ¿¿?? …soy el nuevo practicante.

Sin responder nada se abre la mampara. Ingreso a un ascensor destartalado que parece que colapsará. Tengo un sentimiento extraño: un nudo en la garganta. Respiro y olvido todo. Toco la puerta. Entro a una salita, me siento y espero a Cesar, mi jefe directo y Editor. La secretaria, quien me contestó, me mira coqueta sobre sus lentes y se moja los labios. Levanto las cejas soprendido y respondo el atrevido detalle con una sonrisa un poco cómplice. Ella –cual pasarela– se acomoda el pelo y vuelve a lo suyo. Su nombre es Greis, me enteraría luego. La observo de espaldas. Un gigantesco y cautivador derrier danza mientras ella mueve su silla de rueditas. Muero de risa por dentro. Voltea y me mira nuevamente. Linda gordita, parece. Linda para comer…  Cesar llega luego de varios minutos y pasamos a mi nueva oficina. En realidad, en este mismo sitio trabajaremos Cesar, Paolo y yo. Paolo es un tipo alto y de pelo muy largo. Tiene el aspecto de ser israelita, pero lleva un polo ‘metal diabólico’; es el diseñador.

Cesar se marcha, luego de explicarme algunas cosas. De pronto recapacito en lo que acaba de pasar:

Estoy sentado frente a una computadora con pantalla de 13”, en la que no puedo leer un carajo. Para llegar aquí he atravesado la cocina del departamento, perdón oficina. ¿Dónde estoy?: estoy en el cuarto de servicio del departamento. El cuarto de servicio, como podrán imaginar, la última mierda que a un Arquitecto o Ing. Civil se le ocurre humanizar: un cuartucho sin acceso de luz natural, sin ventilación y sobre todo de un ridículo tamaño. Ese medio metro cuadrado vacío, es el lugar para pasar mis futuros días. Aquí viviremos hacinados el editor, el diseñador y yo.

******

COPY – PASTE

Hace una semana he empezado en Kaiere. Hoy tengo que revisar unos textos que ya habían pasado a diagramación, pero que Cesar, por seguridad, los ha pedido de vuelta. De pronto, encuentro una empresa con un nombre realmente extraño. Decido googlearla. Abro el primer enlace: Carajo!: todo el texto que yo intento editar ha sido sacado de esta página web: una información copiada, deformada, escupida y que yo torpemente pretendo ensamblar con algo de lógica. Sorprendido, googleo el resto de textos:

TODOS EN SU TOTALIDAD SON COPY – PASTE Y VAN A SER PUBLICADOS EN NO MENOS DE DOS DÍAS.

Cesar está a mi lado. No dudo instante y lo reclamo:

—Fabricio —me responde Cesar algo preocupado también—, las cosas no han estado marchando bien. Ha habido un mal manejo entre el editor anterior y la última practicante

—Esto realmente está muy mal trabajado —digo sin salir de mi asombro.

—Sí, lo sé. Lo mismo pasa con las fotos que Paolo ingresa. Todas son bajadas de internet y ni se ponen fuentes —Cesar se altera porque comprende la gravedad—; eso se va a terminar ahora y por eso necesito tu ayuda.

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Hoy jueves llego al trabajo y mi editor no está. Cesar viajó a Chile. Antes de irse le he dicho que la próxima semana cambiaré mi ‘miércoles no laborable’ por martes. Tengo exámenes en la universidad y quiero estudiar bien. Le he enviado un correo confirmándole mi horario para no tener problemas. Mañana viernes entrevistaré a una petrolera. Tengo que armar las preguntas para no estar en apuros. De pronto, aparece en la puerta una señora con un rostro muy amable.

—Soy Sofía. ¿Ya te dijo Cesar que tienes que entrevistar a una petrolera?

Me pongo de pie. Contesto el saludo y la pregunta.

—Hola! ¿Cómo está? Soy Fabricio Cerna, mucho gusto —respondo a la mujer—. Sí, Cesar ya me lo ha dicho; estoy trabajando en eso.

—Bueno, esa entrevista no es una “entrevista” tal cual —me dice Sofía—; es un publirreportaje.

La decente sonrisa que tengo se desfigura en mi rostro y la escucho con atención. Algo de esto no me empieza a gustar.

—Mira, ¿Fabricio, no?…yo necesito que ellos ocupen una hoja, dos, tres. Déjalos que hablen todo lo que puedan y luego editas haciendo varias páginas.

—¿Cuándo es la entrevista? —pregunto a pesar de saberlo.

—Es mañana viernes —dice la señora—; yo no podré ir y por eso irás con mi socio.

Sofía acaba de abandonar mi oficina de estreno. Me siento. Quedo inmóvil. En ese instante me pongo a buscar información de la petrolera. Lo primero que leo me crea un jodido conflicto: es una puta empresa denunciada por abusos contra indígenas en aislamiento voluntario. Esto es algo realmente incómodo.

Junto al cuarto de servicio, está el urinario del departamento. En la puerta dice: MANTENER LA PUERTA CERRADA. GRACIAS 🙂  Que genialidad, que tino, que buen nivel de comunicación interna existe aquí. Nuestra oficina huele a campos de lavanda, todo el día. Yo me pregunto por qué Sofía no viene a visitarme más seguido, tal vez así, se percate la mierda que vivimos todos los días. No sería mala idea que se traslade a trabajar junto al pozo ciego.

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COSQUILLEO DE DIGNIDAD

Hoy viernes es la entrevista. Llego puntual al trabajo. Tengo unas cuantas preguntas dispuestas. Todo está lindo y la grabadora preparada. Este cuarto de servicio es un martirio. En la puerta acaba de aparecer Caralampio del Castillo. Es el Gerente de la empresa. Siendo honesto, las primeras impresiones que emana son de un tipo de rostro hipócrita. Parece gozar de una forzada rinoplastia. Lleva consigo un olor a perfume barato, de prostituto. Usa joyas de oro que no brillan por su sudor. Parece un vil hablantín, un charlatán. La Expoferia de las Américas sería su sazón.

Caralampio me apura. Salimos rápido de la oficina y subimos a su auto. En el camino conversamos. Es la charla más escaza y falta que en mi vida he podido tener. Dice dos cosas que marcan su personalidad para siempre:

—Tenemos que sacarle todo lo que podamos a estos patas. Tienen que pagarnos bien. ¿Dónde estudias Fabricio? —me pregunta Caralampio, pero no me deja responder—. Yo estudié en Bausate y Meza cuando era instituto, ja, ja , ja —rie y mira sobre el hombro mi jefe.

—Bueno, hay que  ver pues. De hecho tienen denuncias y quiero preguntarles de eso. No puedo obviarlo. Yo estudio en la UPC —respondo mientras él, revienta la bocina a un carro que va lento delante de nosotros.

—No, no, compare. No preguntes esas cosas. Bueno, ¿dónde vives ah?

—En Monterrico, Don C.

—Ah mira, nuestros practicantes siempre han sido de institutos, nunca de una universidad —me dice Caralampio y prefiero no mirarlo—. Que gracioso esto compare: siempre eran patas que vivían en los Conos. Ja,ja. ¿Y dime, tú no tienes carro? ¿la familia tampoco?

Miro a Caralampio anonadado.

—¿Te has dado cuenta la semejante idiotez que acabas de decirme? —pienso.

Por supuesto que no se ha dado cuenta.

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Luego de estacionarnos y dejar nuestros documentos en portería, entramos al ascensor. Caralampio luce inquieto desde el piso uno. Piso dos. Sus piernas se mueven nerviosas y lo miro. Piso tres. Se mira al espejo. Piso cuatro. Se acomoda el cuello de la camisa.  Piso cinco. Se mira de perfil. Piso seis. Sólo falta que se huela el sobaco. Hemos llegado; aunque lo quiso hacer reaccionó tarde. Al entrar, Caralampio no le quita los ojos de encima al culo de la secretaria que nos guía. Mientras camina a mi lado, lo miro de reojo y hace una breve mueca de deseo por las pompas de la mujer. La secretaria nos deja en la sala de reuniones. Me siento. Observo a Caralampio y digo:

—Que tal secre, ¿no?

—Sí compare —responde Caralampio y se muerde el labio—. Una así yo quisiera. Y nosotros con nuestra gordita esa —culmina el gerente de Kaiere.

La puerta se abre. Entra la encargada del área de prensa de la petrolera. Caralampio queda de pie: se abre la correa y desabotona su pantalón. Yo prefiero no mirarlo. Se baja por completo los pantalones para que pasen todos los altos funcionarios de la empresa petrolera a cosquillearlo. Se dirige a Stefanie, la señorita:

—Nosotros podemos trabajar bien. Mire, toda la información que quieran darnos la sacaremos —dice Caralampio y creo que Bausate y Meza se avergonzaría de él—. Todo, todo, todo lo que quieran.

La petrolera puede hacer con él lo que quiera, al parecer. No me atrevo a decir nada. Ahora miro de reojo a Caralampio del Castillo: yo si tengo moral, Caralampio.

La mujer parece tener ganas de pedirle que se cierre un botón de la camisa en el pecho. Se ve demasiado grosero al intentar mostrar sus pelos sudorosos bajo esa baratija de cadena dorada. La dama se contiene y no dice nada. Finalmente ella nos entrega sus decisiones, sus reglas de juego y nos marchamos.

Caralampio se cubre para salir de la sala. Se siente extasiado pero listo para el próximo round. En el auto le digo que, no podré ie a la próxima entrevista del día mares. Tengo exámenes y pedí permiso con una semana de anticipación. Caralampio bastante tolerante dice:

—No te preocupes comparito. Yo la mando a Sofía para que ella lo haga —me responde muy amable Caralampio y hace referencia a su ‘socia’—. Tú solo encárgate de dejarle unas ideas. Sofía siempre iba cuando no teníamos practicante, por eso ahora preguntaron por ella pues.

Ya en la oficina, llamo a Cesar. Mi editor sigue en Chile y me dice que si Caralampio ha aceptado todo normalmente, no existen problemas. Me desea suerte en mis exámenes y cuelga.

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EL CONCHÁN

Hoy lunes ha salido un sol estupendo en Lima. Acabo de dar la pitada de gracia al cigarro que compré. Tengo en mano un libro nuevo que traje para apretujarlo en el micro. Los gritos de los cobradores, jaladores y dateros hoy no me incomodan. Tengo ganas de hacer muchas cosas. Ya en la oficina, termino de leer varios periódicos en Internet y analizo mi horario de martes. Creo que puedo ajustarlo para acudir a la petrolera. El anexo telefónico, junto a mi ridiculita computadora, suena. Es don Caralampio del Castillo y quiere que vaya a verlo a su pedante oficina.

Al entrar, Sofía está sentada en un sofá. Caralampio se desparrama en su enorme sillón de trabajo. Su escritorio lleno de portaretratos luce impecable. Bajo la luna tiene fotos y distintos logos de empresas. A un lado hay un estante lleno de libros. Las persianas cerradas de la venta y el piso alfombrado hace que la oficina sea cálida. De pronto, ambos arremeten:

—A mí no me importa que tú tengas examen mañana. A Sofía no le importa. A nadie le importa —me dice Caralampio que ya no luce muy amable—. Nosotros queremos un practicante para que esté aquí cada que lo necesitemos.

—Don C. yo le dije que no podía  y usted me dijo que Sofía podía ir —intento defenderme y contengo toda la mierda que empiezo a sentir.

—Yo no dije eso —contradice el Gerente—. Dije que lo iba a consultar. ¿Cómo va a ir mi amiga Sofía si ella también es jefa aquí?

La cobardía de Caralampio me aturde. Siento mi rostro caliente, lleno de ira. Sofía me mira y dice:

—No podemos estar a tu disposición. Osea, ahora vamos a trabajar cada que tú puedas venir. Eso no es así —me dice la mujer mientras se pone cómoda en el sofá— ¿Qué pasa si no das ese examen?

—Supingo que lo lógico: tendría cero.

Sofía se pone de pie con una arrogancia abrumadora.  Abandona la oficina unos segundos y no me aguanto. Encaro a Caralampio del Castillo:

—Don C., usted me dijo que Sofía podía hacerlo. Yo le dije que no iba a poder.

—Sí compare —me dice Caralampio—; así yo te lo haya dicho, no vas a ser tan conchán de decirlo frente a ella pues. Yo la podría mandar, pero ella quiere que vayas tú.

De pronto me mira directo y abre los ojos como una bestia que se transforma. Es una señal. Se queda mudo y levanta la mirada:

—Amiguita, ¿tienes el número de la petrolera? —le dice a Sofía que regresa.

—Bueno, ya puedes retirarte —me dice la maltratada amiguita de Caralampio.

El sol se fue repentinamente.

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DÍA DE AYER

Hace una semana que sucedió lo de la petrolera. Es lunes. Un burlesco frío que cala hasta los huesos, ha invadido Lima. El micro totalmente vacío: se estaciona cinco minutos en cada cuadra. Llego un poco retrasado al trabajo. En la puerta me encuentro con Don Caralampio del Castillo. Muy amablemente abre la mampara del edificio y me invita a pasar. Abre el ascensor y me cede el pase. Al llegar a la oficina, abre la puerta y a mi ingreso, palmea mi espalda: un sucio, barato y deshonesto trato de un ladronzuelo: un beso de Judas Iscariote me otorga Caralampio en ese instante.

Dos pasos dentro de la oficina me aborda un extraño personaje. Si mis fuentes no me fallan, es el esposo de Sofía. Su oficina es lo que alguna vez fue un balcón.

—La ‘Gerencia’ se ha reunido y en vista de que tu horario está muy ajustado y tú quieres darle prioridad a tu universidad, creen que es mejor dejarlo aquí.

Esto es un baldazo de agua fría. Estoy sentado frente a una persona que algunas veces ni me respondía el saludo:

—Es mi horario? —pregunto al señor.

—Sí, dicen que tú no tienes tiempo para trabajar. Que lo mejor es que te dediques a tu universidad.

—Pues parece una forma de presionarme para que venga más y así me obliguen a escribir publirreportajes de empresas a las que no les debo nada.

—Si quieres puedo pedirles para que te entrevistes con ellos y de repente pueden llegar a un acuerdo.

—Yo no quiero hablar con ellos. Es por eso. Esa empresa petrolera ha sido cuestionada por abusos contra indígenas en la selva —respondo al sujeto—; tiene un mal manejo y todo lo callan con dinero. “A todos”.

Yo no estoy dispuesto a bajarme los pantalones frente a esa petrolera. Tampoco lo haré para Kaiere. Mis principios periodísticos de los cuales se pueden burlar a su gusto—cuando menos por ahora— son el eje sobre el cual girará mi futuro profesional. Yo aquella entrevista pude hacerla, pude escribir ese texto. Yo no tenía nada que hacer ese martes. Pero mi inconsciente me dijo que si cedía por primera vez a esas trapeadas de dignidad, mi vida sería para siempre así. Firmé el fin de mi contrato. Recibí el dinero de las horas que pasé sentado junto al urinario. Me despedí de mi compañero el Metalero Paolo. Le deseé suerte al señor que se encargó de darme la noticia.

Nunca en mi vida deberé favores a nadie. El mundo da vueltas. Ya nos veremos la cara Don C. del Castillo. Ya nos veremos tramoyista.




*Caralampio es el nombre de un famoso delincuente trujillano. El protagonista de la historia anterior, se lleva de encuentro al real Caralampio.

 
*Cualquier parecido con la realidad, es –como lo suponen– pura coincidencia.


3 thoughts on “Kaiere: la verdadera historia de una editora.

  • Don Celso del Castillo…ese mediocre! Algún día le veré la cara a ese y a la otra ladrona…que se robó mis créditos…estafadores!!!
    Son muy conocidos esas bestias…

  • Estimado Fabricio, que pena que en la universidad NO te hayan enseñado qué es un publirreportaje (lo hacen en los mejores de los medios) pero creo que a estas alturas ya lo debes haber comprendido de lo contrario estarías (con tus cosquilleos de dignidad) revolcándote en alguna ONG. Por lo pronto yo ya no estoy en kaiere pero igual me parece indigno tu comentario y dice muy poco del gran periodista que deseas llegar a ser.

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