Sin título dos

Una historia contada que cobra vida por un instante.
Un cuento no con todo el sentido de la palabra.


–          Ya!  Ahí no ma’ déjelo, grita el cuidador de carros.

Luego de un largo rato buscando estacionamiento, lo consiguen. Ella baja antes que él. Verifican los seguros y empiezan a caminar. A casi a una cuadra el abrumador silencio pone tenso el momento:

–          ¿Podemos hablar algo aunque sea? Es feo caminar así, dice ella mientras lo nota con la mente en otro lado.

La cara de él dice mucho. Mueve la cabeza asintiendo pero luce desmotivado, triste, distraído finalmente. Pasa un denso trago salival y mediosonríe al girar la cabeza a mirarla. De pronto, mira la parte más hermosa de su rostro. Recuerda que ella es su real felicidad. Instantáneamente, sienten la conexión y se abrazan.

–          Bueno, cuéntame ¿a dónde iremos?, dice él.

Más cómoda ya, ella empieza a hablar cual mitin presidencial. Hacia dónde van, qué es lo que verán y todo lo que podrían hacer ese día. Es una tarde de febrero de 2009. Pasan por un parque donde hay muchas vacas. Blancas vacas de fibra de vidrio. La idea es que la gente las pinte para luego, ser subastadas con algún fin benéfico. Hoy ella se encuentra más enterada que él. Explica esto y más: que la exposición durará mucho tiempo, que habrán vacas en todos lados, que muere por pintar una de ellas, en muchos países se ha hecho.

–          ¿En serio no sabías de esto?, pregunta cuando la cara de incrédulo de él, lo dice todo.

El día no está bueno. Aún cuando es verano, corre un insólito viento. El cielo es gris y el maldito tráfico se ha obstinado en exceder los decibeles permitidos en cualquier lugar sensato. Felizmente es más rico vivir en la insensatez. Ríen de la gente, juegan entre ellos, se golpean, se miran y mueren por besarse. Siguen hasta entrar a la Municipalidad donde hay una muestra de 6 fotógrafas mexicanas. Empiezan a leer la presentación pintada en la pared principal. Caminan, ven las fotos, comparten, opinan, se pasan de largo una que otra. Súbitamente se detienen. Es una fotografía extraña: una mujer cayendo al agua:

–          …en realidad ya está dentro del agua.

Nuevamente ella le escupe descaradamente al saber hoy, más que ayer, más que nunca, más que siempre, más que él como es habitual, pero que no lo aceptan  jamás. Terminan y salen del local.  Cruzan para comer algo y conversan de todo. Sin darse cuenta se hablan de sus proyectos. Se explican libros, hablan de películas sin ver, de sus cosas y menos, no más.

Llenos y panzudos parten a otra exposición. Caminan cuadras alejándose de vacas y mexicanas abstractas pero sin olvidar que se encuentran sobre un carril lento. Sus acompañantes no son cuidadosos. Son sonoros, irrespetuosos, estridentes y  maliciosamente chillones. Destartalados micros. Buses. Autos que deberían ser baleados para ser más –para siempre– inservibles y no volver a la vida. A medio camino entran en una librería y ojean unos libros. No encuentran nada interesante por el momento. Siguen. Al llegar a la exposición los recibe una sorprendente e impactante fotografía. Cual niño en juguetería, bajan rápido porque ambos aman las fotos a blanco y negro. Es una sencilla exposición que contiene fotos antiguas reunidas a lo largo de 30 años de algún famoso estudio fotográfico limeño. Mientras él explica algunas cosas, de pronto, un vejete grosero, de lentes pequeños y bastón de mango de oro, se cruza frente de ellos. Interrumpe sin cuidado ni respeto la visión y luego, totalmente descarado, voltea, mira a los ojos a ambos y sigue de largo.

–          Ese debe ser el fotógrafo de todas estas fotos, viejo insolente piensa él y sonríe.

Ella camina a un lado, lo jala y siguen concentrados en la exposición.

Casi deben cerrar el local. Es hora de salir. Caminan unas cuantas cuadras sin hablar. Esta tarde, para ellos, puede resultar –estirando al máximo la idea—un eufemismo de contradicciones amorosas y prohibidas. Eso, ahora, les resulta realmente irrelevante. Son felices con su estilo, sus locuras, su amor y su deseo. El resto puede esperar.

Ya la tarde ha culminado. En un punto medio, un beso deja pactada la noche para el recuerdo. Fue otro día más productivo que el anterior. Es hora de separarse. Él saca ‘Lapidarium IV’ de su bolso y camina lentamente. Al leer los pasajes se imagina el protagonista del mismo. La imagen es tan espontanea y sencilla. “Una taza de café ambienta el lugar. La mesa tan rústica como la silla y una computadora conectada en frente. Las luces amarillentas de la habitación de ese hotel permiten, tan sólo, leer algunos buenos textos e inútilmente pretender escribir otros tantos. A su mano izquierda, un sofá personal de color amarillo pálido. La cama a su espalda y de pronto, ella, su compañera deseada, se sienta a leer el periódico del día. La seguridad y la inspiración aparecen de forma irreal. La ventana dicta las letras a escribir que se colan del exterior.” Monta la triste obra en Nueva York, Varsovia, Brooklyn, Moscú, Berlín, California o Tanzania, como el real autor.

De un momento a otro, un peso enorme en su espalda: la vida no es como la sueñas. Ya despierta.

–          Yo si quiero mi vida así, pensó.

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